Guerra fría en el Ártico

Columnas de Opinión
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Conviene preguntarse si los Estados Unidos, en su autodefinición, se han considerado una nación ártica, y la respuesta es que en su gran mayoría no. En realidad, los estadounidenses del común cuando se ocupan de esas cosas piensan sobre todo en la situación de su país frente a Rusia, China, los europeos, América Latina y el Caribe. En lo cual se diferencian de los rusos, finlandeses, noruegos, suecos, daneses y canadienses, para quienes el tema es de obligatorio interés.

Otra cosa son los habitantes de Alaska, que viven intensamente esa dimensión y esperan señales de Washington sobre la materia. Alaska, adquirida en 1867de los rusos por 7.2 millones de dólares para evitar que vendieran el territorio a los británicos, resultó ser, a lo largo de la Guerra Fría, bastión de primera línea de la defensa de Norteamérica frente a sus antiguos aliados soviéticos, después de haber servido durante la Segunda Guerra Mundial como avanzada para transferir aviones a la URSS.

Ante las posibles amenazas de Corea del Norte, Rusia y China, que tendrían cohetes, barcos de superficie y submarinos apuntando hacia los Estados Unidos, el tema plantea exigencias importantes para quien gobierne los Estados Unidos, que tiene la obligación de formular políticas para aliarse o disputarse con el resto de países que pertenecen por naturaleza al “círculo del Ártico”.

En la época de transición hacia el fin de la Guerra Fría, el presidente Mijaíl Gorbachov, responsable del futuro de la enorme región ártica de Rusia, sugirió que el Ártico se convirtiera en “zona de paz”, sin armas nucleares y con propósitos comunes de los países del vecindario en materia de manejo medioambiental. Nació así la idea del “excepcionalismo ártico”, que ha recibido apoyo oscilante de parte de los gobiernos estadounidenses.

Como intento institucional de manejo de los recursos ocultos arriba del Círculo Polar Ártico, dentro del espíritu de lo propuesto por Gorbachov, Rusia, Canadá, Estados Unidos, Finlandia, Noruega, Suecia, Islandia y Dinamarca, establecieron el Consejo Ártico como foro intergubernamental que se ocuparía del manejo armónico de las complejidades de esa parte del planeta. En virtud de lo cual se firmaron convenios de cooperación científica, manejo de la contaminación y búsqueda y rescate.

El ritmo del Consejo se vino a interrumpir con motivo del ataque de Rusia a Ucrania, que despertó todo tipo de susceptibilidades y prevenciones respecto del compromiso ruso con la institucionalidad internacional. El tema pasó entonces sí a ser objeto de estudio y consideraciones estratégicas por parte de la Otan, con énfasis acelerado por la entrada de Finlandia y Suecia a esa Organización.

Ese es el contexto en el que conviene apreciar la intención del presidente de los Estados Unidos de anexar y extinguir al Canadá, y tomarse la isla de Groenlandia. Asuntos ambos relacionados con las preocupaciones estratégicas propias de la dimensión ártica de las relaciones internacionales. De manera que, de ahora en adelante, esas pretensiones “trumpianas” no pueden ser vistas solamente como caprichos, que lo son en cuanto hay otras formas de manejar el asunto, sino como materia de obligatoria definición dentro del marco de las preocupaciones por el orden en el Círculo Polar Ártico.

Canadá ha concebido planes ambiciosos de defensa en la región ártica, para cubrir en nombre de Occidente ese flanco, sin dejarlo exclusivamente en manos de los Estados Unidos. El refuerzo de las relaciones canadienses-danesas, con apoyo de los países nórdicos europeos y del conjunto europeo de la Otan, marchan en la misma dirección. Algo que implica un intento de sustitución de la exclusividad estadounidense en el ejercicio del poder disuasorio frente a Rusia, China y todos los interesados en el uso civil o militar de las rutas marítimas y aéreas del Círculo Polar del Norte. Estrategia que el primer ministro Mark Carney definió no como una transición sino como una ruptura. Falta por ver hasta dónde es posible que ese enfoque tenga éxito sin la voluntad de los Estados Unidos, que en lugar de tratar de imponer su voluntad podría contribuir a fortalecer el manejo colectivo de la seguridad en el norte del norte.

Siempre será bueno recordar que Rusia, no ahora sino de tiempo atrás, geografía obliga, mantiene bases militares a lo largo de toda la Ruta Marítima del Norte, en lo que le corresponde, y que la principal rama de su flota marítima militar es la del norte. Para no hablar de los chinos, que miran el mundo como espacio en el que tienen derecho y obligación estratégica de hacer presencia y sacar ventaja dentro de la competencia por la primacía en las décadas venideras.

La ministra británica de relaciones exteriores, Yvette Cooper, advirtió que “el Ártico es la puerta para que la Flota Norte de Rusia pueda amenazar a Europa Occidental, Canadá y Estados Unidos”. Si ello es así, la seguridad transatlántica depende en alta medida del esquema que se pueda establecer para el Ártico, donde se está librando una especie de guerra fría en el frío nórdico, pues Rusia, China y otros, tienen también sus propias apuestas.

 
Columna de Opinión e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co