Todavía nos preguntamos si los vikingos llegaron al continente americano antes que Cristóbal Colón. La idea proviene de la posibilidad de esa llegada por las rutas del norte, que pueden unir continentes en el verano. Rutas cada vez más manejables en la medida en que progresa el calentamiento global.
La pretensión del presidente de los Estados Unidos de controlar Canadá y Groenlandia ha motivado una especie de despertar estratégico que resulta extraño para muchos, y ha puesto de presente las debilidades de la defensa ártica ante una posible acción de Rusia y China, que podrían utilizar el camino del Polo Norte para agredir al continente americano, la primera en razón de su presencia de proporciones extraordinarias en el Círculo Polar Ártico, y la segunda en busca del cumplimiento de sus designios estratégicos, para completar una dimensión nueva de la ruta de la seda.
Ante ese panorama, Europa se ve obligada a reaccionar para no quedar atrapada entre potencias que no solamente aspiran, como es el caso de los Estados Unidos, a apoderarse de una de sus posesiones de ultramar, como lo es Groenlandia, sino a diseñar, como Rusia y China, una nueva versión de control de la geografía del planeta para el resto del siglo XXI
La discusión respecto de Groenlandia conduce a una cuestión más amplia todavía sobre el control de la región ártica del planeta, y pone de presente que ha existido cierta negligencia por parte de la OTAN respecto de ese corredor marino y submarino que permite la presencia de navíos de todas partes en las aguas del verdadero Atlántico Norte. Esto mientras la Otan se dedica a atender el frente oriental, particularmente en torno del conflicto en Ucrania y los peligros de su extensión hacia la Europa Oriental.
Es indudable que el ártico representa un escenario estratégico de creciente importancia, punto de convergencia insospechado de encuentro o desencuentro entre los intereses de Canadá, Estados Unidos, China, Rusia, y los países europeos del norte.
Una lectura del planeta visto desde encima del Polo Norte, a la que muchos no están acostumbrados, excepto geógrafos y estrategas, permite ver cómo Corea del Norte y Rusia estarían a un paso de Canadá y a dos de los Estados Unidos, para los efectos que fuese. La redondez de la tierra, que nos han acostumbrado a apreciar con Europa como el centro del mundo, revela en este caso una dimensión desconocida, pero de trascendencia evidente.
El círculo que rodea al Polo Norte interesa, en el sentido de las agujas del reloj, a Rusia, con una costa estimada en 24,145 km, la mitad de toda la ribera ártica, Finlandia y Suecia, aunque no tengan necesariamente costas sobre los mares de la región, Noruega, Dinamarca, y los Estados Unidos, por su control sobre Alaska. Es tan grande la zona marítima que contiene los mares de Barents, Kara, Laptev, Siberia Oriental y Chukota, y en ella desbocan los ríos, Obi, Lena y Yeniséi, para mencionar solamente los más importantes.
A través de esa región, para no hablar de cohetes, avanzaría una ruta marítima cada vez más posible en época de verano, entre el estrecho de Kara en el norte de Rusia, más allá de la península de Kola, y el estrecho de Bering. La utilización efectiva de ese camino conduciría a que la distancia entre el Mar del Norte y el Mar de Corea fuese de 13,000 km, mientras que el mismo destino requeriría cubrir 20,000 km yendo por el Canal de Suez. Para no hablar de dar la vuelta por el sur de África.
Mención especial merece, como factor común a los intereses y preocupaciones de los países árticos el manejo del “permafrost”, esa capa de sedimentos mezclados de tierra y elementos vegetales empastada por el hielo a lo largo de siglos, que, según la estación, libera dióxido de carbono y metano, en forma acelerada ahora por el cambio climático. Esto sin contar con que, si el deshielo se profundiza, o se escarba en busca de riquezas minerales, escaparían de pronto bacterias y virus antiguos de difícil manejo para la humanidad.
A todo esto, hay que agregar que mares e islas del norte aparentemente guardan recursos de primera importancia ante los requerimientos de nuevos materiales para sustentar desarrollos tecnológicos contemporáneos. Sea cierto o no, la mera expectativa de que se encuentran esos recursos despierta todo tipo de inquietudes y de ambiciones en torno a ese casco, que resulta ser una especie de sombrero del mundo. (mañana segunda parte)
Columna de Opinión
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