Año de refrendación democrática

Columnas de Opinión
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En Brasil aparece en el panorama el dilema de la búsqueda, o no, de un cuarto mandato para el presidente Lula da Silva. Mandato que, como el colombiano, se ha de inscribir dentro de la secuencia de movimientos del péndulo entre derecha e izquierda, con posibles adormecimientos hacia el centro, en el conjunto de América Latina. A lo cual, en el caso brasileño, se ha de sumar el cumplimiento de la promesa de Lula, en su última campaña, de no presentarse de nuevo. Pero, mucho más, la consideración de si el Brasil tiene una alternativa creíble que avance en el sentido de Lula o busque el retorno de la tendencia de Bolsonaro, el amigo de Trump ahora en la cárcel.


Brasil ha demostrado en los últimos tiempos, pasada la tormenta de Odebrecht, una madurez institucional y un exitoso funcionamiento del Estado de Derecho perfectamente oponibles a los desvaríos de los propios Estados Unidos de América. Incipiente tradición que necesita ser refrendada precisamente por la voluntad popular de las elecciones de este año, sea cual fuere el resultado.

Las elecciones de renovación parcial del Congreso de los Estados Unidos serán en esta ocasión, más que nunca, escenario de una batalla muy significativa para el futuro de ese país. La eventual reedición de una mayoría republicana traería como consecuencia la profundización del modelo Trump de ejercicio de una presidencia imperial, con poderes auto atribuidos más allá de las fronteras nacionales. Algo temido por los europeos y necesariamente urgente para tener en cuenta en todas las cancillerías del mundo, en las que el escritorio de las relaciones con los Estados Unidos juega un papel fundamental en materia de política exterior. Por el contrario, una mayoría demócrata, así ese partido haya demostrado hasta ahora una esterilidad política desastrosa, podría representar una confrontación equilibrante en las relaciones del Capitolio con la Casa Blanca.  También con sus consecuencias exteriores que tener en cuenta.

En el otro extremo del espectro político, en Haití se planea realizar elecciones por primera vez en casi una década. En ausencia de partidos, y lejos de cualquier tradición electoral, el país llegaría a los comicios bajo la preeminencia de las pandillas armadas que en algunos casos se piensan convertir en partidos políticos. Solo que algunas agrupaciones de esas han sido consideradas organizaciones terroristas por los Estados Unidos. De manera que, según el resultado, la infortunada nación caribe caería fácilmente en un nuevo abismo.

Lejos de nuestro continente, habrá elecciones en países que han tenido recientes conmociones populares significativas, como Nepal y Bangladesh. Allí está por verse la fuerza política de generaciones enteras de nuevos ciudadanos que, llegados a la edad de votar, tienen en sus manos por la vía de las urnas la introducción de cambios de tradiciones ancestrales de muy vieja data. Por lo cual el resultado de los comicios en esos dos países, y el respeto que merezcan las elecciones como medio de salida de crisis, servirán como medida para muchos otros donde los modelos orientales de sociedad se verían obligados a dar paso a experimentos democráticos de corte occidental, con el riesgo siempre presente de que el campo no esté todavía fértil para su progreso.

En Hungría aparece este año una nueva oportunidad de cuestionamiento popular democrático del poderío político y cultural del muy controvertido Viktor Orbán, espécimen extraño dentro del mosaico de los gobernantes europeos. Conservador antiglobalista, antieuropeísta, autoritario, carismático, apreciado por Trump y putinista de corazón, ha sido piedra en el zapato y a la vez filtro importante para las decisiones de la Unión Europea. Los pronósticos no muestran indicios de que los húngaros deseen cambiar radicalmente de orientación, de manera que el reto más importante a su continuidad en el poder proviene de un antiguo aliado, Peter Magyar, que representaría nada más que una cara nueva del mismo partido acomodado en el poder.

Para completar por ahora el cuadro, Israel tendrá elecciones a finales de octubre, las primeras después del mortífero ataque del 7 del mismo mes del año 23 y de la secuencia violenta que desató. Será entonces, en ese país severamente democrático, donde nadie hasta ahora ha dejado de pagar por sus equivocaciones, un proceso electoral pleno de cuentas pendientes que han de ser saldadas por decisión popular.

En medio de un mundo que vive profunda crisis de los valores democráticos, y donde numerosas pruebas, internas y exteriores, amenazan su vigencia y la del Estado de Derecho, bien vale la pena que se haga presente, comenzando por nuestro propio proceso, una acción democrática decidida y profunda, que no de tregua para que autoritarismos propios o ajenos interfieran en la voluntad popular. Acepción de lo popular que no es exclusividad de ningún alucinado político vociferante, sino manifestación cotidiana de quienes no debemos perder las oportunidades de ejercer el derecho soberano y la obligación que nos asiste de elegir bien.

 
Columna de Opinión e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co