El descabezamiento del régimen dictatorial de Venezuela, aunque inédito e incompleto, es apenas el primero de muchos cambios en la jefatura de gobiernos que tendrán lugar a lo largo y ancho del mundo, bajo modalidades diferentes, en 2026.
Sin perjuicio de que factores internos o externos conduzcan a relevos por fuera de toda regla, sobre la base de consideraciones políticas, económicas, o fruto de la combinación de ambas, en distintos países están previstos procesos electorales de trascendencia en una época de ambiente enrarecido por el desorden de la vida internacional.
Dentro de las modalidades de gobierno que desde su independencia de España ha experimentado Venezuela, no se había dado el de la anunciada administración por parte de los Estados Unidos. Algo que, de realizarse, irá todavía más lejos que la omnipresencia cubana en escenarios estratégicos del funcionamiento del país.
El conmovedor discurso de María Corina Machado escrito para recibir el Premio Nobel de Paz en Oslo, y magistralmente leído por su hija, tiene una referencia no muy precisa a la trayectoria de la democracia venezolana. En efecto, da a entender que allí existió desde siempre una tradición democrática que vino a ser usurpada por los gobiernos de los últimos años, cosa que da una maravillosa impresión, pero no corresponde a la realidad.
Venezuela ha sido gobernada a lo largo de la mayor parte de su vida independiente por dictadores y militares. Tradición que, por supuesto, da mayor valor a los esfuerzos de los demócratas que ahora tienen el compromiso adicional de obtener cuanto antes un gobierno auténticamente democrático, que no dependa de la potencia extranjera que ha anunciado que administrará el país, con énfasis en el manejo de sus recursos petroleros.
La forma que tome un nuevo gobierno de Venezuela nos debe importar en alto grado, pues una cosa es tener allí, como es deseable, un gobierno democrático escogido libremente por los venezolanos, mientras que algo muy diferente sería tener del otro lado de la frontera un experimento de ocupación extranjera inédita en Suramérica y que no se anuncia tranquila. Esto último sobre todo si se tiene en cuenta que, conforme a la tradición venezolana, falta por ver qué camino señalan los jefes militares del país, acostumbrados a gobernar, ahora con el apoyo de paramilitares preparados precisamente para apoyar lo que los primeros decidan, o suplantarlos.
Todo lo cual nos concierne pues allí habita y ejerce un papel activo, en ambas direcciones y sobre la frontera de los dos países, la retaguardia de actores violentos de la vida colombiana que buscarán jugar un nuevo papel, sea ante la presencia norteamericana que les cae de perlas para un posible protagonismo, o la auténtica restauración democrática venezolana, que les puede afectar negativamente.
Nuestros propios procesos electorales, que figuran en lugar prominente dentro de la feria de elecciones de este año, se verán afectados por la situación del vecino país, pues la exigencia de definiciones sobre ese tema se convierte automáticamente en elemento diferenciador de posturas y propuestas de los candidatos. A ellos no solamente les corresponderá manifestarse sobre la eventual orientación de su política exterior hacia Venezuela y los Estados Unidos, con el fondo de lo que ha sucedido, sino proponer acciones de eventual participación colombiana en la reconstrucción de la economía del vecino país, que puede ofrecer oportunidades interesantes.
Si bien lo anterior aplica de manera inevitable en cuanto a las propuestas presidenciales, es posible que el asunto venezolano aparezca también en el proceso de elección de nuestro poder legislativo. Proceso que no puede ser eclipsado por la feria de nombres de presidenciables, pues reviste importancia fundamental en cuanto al rumbo que nuestro propio país tome hacia el futuro en momentos de agitación inocultables.
Es costumbre política entre nosotros, como lo demuestran las cifras de participación electoral, que la atención se concentre en las elecciones presidenciales y se menosprecie la importancia de las legislativas, con el manido argumento de que en el congreso anida una clase política repugnante. Cuando lo cierto es que el congreso tiene en sus manos resortes fundamentales para convertir en realidad, mediante la legislación, el control político y su capacidad de reformas constitucionales, la vigencia del Estado de Derecho.
Nuestra propia historia nos demuestra con creces que no basta con llegar al solio presidencial para hacer lo que al elegido le parezca, como si fuere el único depositario de la voluntad y el mandato del pueblo. Concepto del que precisamente los populistas se suelen adueñar para jugar con él a la manera de comodín que les sirve para todo, inclusive para desconocer al legislativo e inventar atajos para suplantarlo con corporaciones convocadas a la medida de sus intereses. Colombia no debe caer en la trampa de deslumbrase con la elección presidencial y se debe ocupar de elegir primero que todo un buen congreso. Está en nuestras manos. (mañana última parte)
Columna de Opinión
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