En Colombia, las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPymes) no son un complemento: son la columna vertebral del aparato productivo. Representan alrededor del 99,5% del tejido empresarial, es decir, unas 1,7 millones de unidades —1,5 millones de micro, cerca de 103.000 pequeñas y unas 27.000 medianas—. Generan cerca del 78 % del empleo nacional. Sin embargo, estos emprendimientos viven una realidad doble: enorme potencial y enormes trabas.
Para tener una idea clara: en 2024 se crearon 297.475 empresas en Colombia, pero esta cifra fue 2,8 % menor que en 2023, cuando nacieron 305.997. Aunque seguimos viendo dinamismo, el ritmo se desacelera, y lo más grave es que muchas de esas empresas mueren al poco tiempo porque no logran consolidarse. De las creadas en 2024, apenas el 45 % generaron al menos un puesto de trabajo. Esa es la verdadera radiografía de nuestro emprendimiento: se crea empresa, sí, pero no necesariamente se crean empleos ni se da el salto a la formalidad.
En el frente financiero, el contraste es evidente. Bancóldex, por ejemplo, desembolsó más de 3,8 billones de pesos a más de 100.000 empresas en 2024, de las cuales el 99 % fueron MiPymes. Incluso, el 58 % de esas empresas estaban lideradas por mujeres, lo que muestra que existe talento y liderazgo. Pero cuando se compara con la brecha total de financiamiento, el esfuerzo resulta insuficiente: los bancos privados siguen considerando a las MiPymes como actores de alto riesgo, y por eso imponen tasas elevadas y requisitos imposibles para muchos.
La oportunidad más clara está en la digitalización. En 2024 las ventas en línea alcanzaron 105,4 billones de pesos, un crecimiento de casi 27 % frente al año anterior. Se registraron más de 511 millones de transacciones digitales. El comercio electrónico no es una promesa futura, es una realidad que está moviendo el mercado. Pero miles de pequeños negocios en Colombia aún no tienen página web, no usan software de gestión ni pueden acceder a plataformas de pago digitales. La brecha tecnológica es un abismo que los deja fuera de la competencia.
¿Qué hacer, entonces? La propuesta no puede ser seguir creando programas dispersos, sino articular lo que ya tenemos. Lo primero es estructurar un esquema de financiamiento por etapas: capital semilla para quienes apenas inician, líneas de crédito subsidiadas para quienes ya demuestran tracción, y un fondo de garantías robusto que reparta riesgos entre el Estado y la banca.
Lo segundo es acompañar el dinero con conocimiento. Todo emprendedor que reciba recursos debe acceder también a asesorías en gestión financiera, mercadeo, planeación tributaria y transformación digital. Un crédito sin acompañamiento es, en muchos casos, una deuda que termina hundiendo al empresario.
Tercero, impulsar un plan nacional de digitalización. No basta con decirles a los pequeños negocios que vendan por internet: hay que entregarles vales de digitalización que cubran parte de los costos de montar tiendas virtuales, adquirir software contable o certificarse en normas de calidad. El Estado debe incentivar ese salto tecnológico si quiere que las MiPymes jueguen en serio en el mercado global.
Cuarto, simplificar trámites de manera radical. La meta debería ser que cualquier empresa se constituya en menos de 48 horas a través de una ventanilla única digital que integre Dian, cámaras de comercio y autoridades locales. Hoy formalizarse todavía es visto como un castigo, no como un beneficio.
Y quinto, abrir mercado. El Estado debe reservar un porcentaje mínimo de compras públicas para MiPymes formalizadas y capacitadas. Esa medida, acompañada de asistencia técnica para cumplir requisitos, daría un impulso inmediato y concreto a miles de empresarios que necesitan contratos estables para crecer.
Colombia tiene el talento, tiene las instituciones y tiene incluso señales alentadoras en financiamiento y digitalización. Lo que falta es voluntad política y articulación. Apostarle en serio a las MiPymes no es un lujo: es la vía más rápida y eficaz para generar empleo formal, elevar la productividad y garantizar un crecimiento más incluyente. Si seguimos viendo a los pequeños y medianos emprendimientos como actores secundarios, estaremos condenando al país a una economía de supervivencia en lugar de una economía de prosperidad.
@JuanDaEscobarC