Trump podrá caer mal, pero un mundo liderado por China es infinitamente peor

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

Trump te cae mal. Perfecto. Te incomoda su ego inflamado, sus trinos incendiarios, su forma de hablar como si estuviera permanentemente en campaña. Estás en tu derecho. A muchos les pasa. Pero el problema no es que te caiga mal un político. El problema es que mientras te concentras en detestarlo, pierdes de vista algo mucho más serio, el ascenso callado y milimétrico de un régimen que no se ríe, no se distrae, y no olvida. China no es una amenaza potencial. Ya es una realidad tangible, sistemática y peligrosamente eficiente.

No estoy hablando del pueblo chino, su gente, de su cultura admirable ni de sus contribuciones históricas. Estoy hablando del Partido Comunista Chino, un aparato estatal que ha convertido la vigilancia total en una virtud, y la obediencia forzada en política pública. Es el único lugar del mundo donde el Estado sabe, sin preguntar, si te comiste la chepacorina completa en El Carmen de Bolívar, o si la guardaste para bajarla con jugo de mango en Gambote. Y no es metáfora. Saben adónde vas, con quién hablas, qué compras y cómo te comportas. Y todo eso lo puntúan. Literalmente.

Ese es el famoso sistema de crédito social, un mecanismo distópico donde el buen comportamiento, según los estándares del partido, te da acceso a servicios, y cualquier desvío te cierra puertas. ¿Te parece absurdo? Es real. Está funcionando. Y no se queda en China. ya se exporta a países aliados, disfrazado de “seguridad inteligente”.

Recordemos la Covid. ¿Dónde surgió? ¿Quién lo ocultó? ¿Quién censuró a los primeros médicos que lo advirtieron? ¿Quién manipuló datos mientras permitía vuelos internacionales desde Wuhan? Pero claro, aquí preferimos enfocar el escándalo en que Trump llamó al virus por su lugar de origen, el Virus Chino, como si el verdadero problema fuera la semántica y no el silencio criminal del régimen. Nos escandaliza el lenguaje, pero toleramos la represión.

En China no hay elecciones reales, son abiertamente comunistas, ni prensa libre, ni espacio para la crítica. El que disiente desaparece, es “reeducado”, o simplemente censurado digitalmente. Millones de uigures han sido detenidos por profesar una fe distinta. Hong Kong, que una vez fue símbolo de libertades, ya es solo una sombra. Jack Ma, el magnate que osó incomodar al sistema, sigue siendo un ejemplo vivo,o medio desaparecido, de lo que pasa cuando hablas de más.

Sin embargo, desde ciertos sectores del mundo occidental, se sigue aplaudiendo el “modelo chino” como ejemplo de orden y eficiencia. Y países latinoamericanos se ofrecen como socios al régimen chino, ¿Desde cuándo la eficiencia vale más que la libertad? ¿Desde cuándo admiramos un Estado que decide cuántos hijos puedes tener, qué puedes estudiar, o qué aplicaciones puedes usar? ¿Dónde quedó el sentido común? ¿Dónde quedó el valor de ser libres, aunque imperfectos?

No estoy aquí para defender a Trump. Ni a ningún político. Que cada quien saque sus conclusiones. Pero sí quiero advertir que si el odio hacia un personaje grotesco nos hace aplaudir a un monstruo silencioso y frío, entonces no estamos siendo críticos, estamos siendo ingenuos. Un mundo liderado por China no será multicultural, ni justo, ni tecnológico en el buen sentido. Será funcional, obediente y sin alma. Un lugar donde la gente no opina, solo asiente. Donde nadie protesta, porque ya todos entendieron que es inútil.

Cuando eso pase, y no falta tanto, ya no importará si Trump nos caía bien o mal. Importará que, por prestarle tanta atención a lo grotesco, no vimos venir lo verdaderamente peligroso. Y lo más irónico de todo es que, cuando ese modelo se imponga, no tendrá trinos. No habrá memes. No habrá debates. Solo habrá silencio. Y cámaras se vigilancia.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com