Desde el momento en que uno decide subirse a un avión, empieza una tragicomedia sin aplausos, o algo parecido a un extracto de un libro de George Orwell. La experiencia de volar, otrora símbolo de modernidad y libertad, hoy es una ceremonia de humillación cuidadosamente orquestada. Uno llega al aeropuerto con su maleta, su pasaporte y la ingenua idea de ser un cliente, solo para descubrir que ha sido degradado a la categoría de sospechoso con reservación.
El protocolo de seguridad no es tal, es un show absurdo donde usted, ciudadano decente, debe despojarse de sus zapatos, su cinturón, su dignidad y, si se descuida, hasta de su paciencia. Le escanean todo, le tocan todo, le hacen abrir la maleta, le confiscan la colonia como si fuera un explosivo líquido. Mientras tanto, toneladas de droga cruzan puertos y fronteras con la eficiencia de Amazon Prime. Pero usted, sí, usted y su desodorante en barra, son tratados como amenaza de alto riesgo.
Y luego está el eterno drama del equipaje. Si su maleta pesa 24 kilos, le exigen que pase dos a otra. No importa que ambas maletas terminen en la misma bodega del mismo avión, lo importante es cumplir con el ritual burocrático que nadie entiende pero todos temen cuestionar. La lógica hace rato fue expulsada del aeropuerto por no tener visa.
Una vez dentro del avión, uno esperaría un respiro. Ajá, sí, comete ese cuento. Has pagado por un servicio, pero eres tratado como una molestia con ticket. No puede esto, no puede aquello, no se levante, aguante el calor, no respire fuerte, no pida otra cobija. Aquí, quien manda no es el cliente, sino una política de empresa escrita por alguien que odia profundamente al ser humano.
Y si decides darte el lujo de gastar un poco más por la comodidad de inclinar tu silla dos centímetros sí, solo dos, prepárate para la mirada asesina del pasajero de atrás y el llamado de atención del asistente de vuelo. En serio, ¿dos centímetros de silla harán una diferencia al momento de una emergencia? ¿O es simplemente otra manera de recordarte que tú aquí no mandas?
¿Y qué pasaría si todos los usuarios, hartos de este teatro del absurdo, decidiéramos no volar durante dos o tres días? ¿Quiebran? ¿Colapsa la industria? Entonces, si se deben a nosotros, si viven de nuestros pasajes y nuestras millas mal contadas, ¡trátennos bien! ¡Que no somos ganado!
¿Dónde quedó la atención al pasajero? ¿Cuándo aceptamos este maltrato como parte del viaje?
Volar se ha convertido en una penitencia disfrazada de progreso. Nos han convencido de que es normal caminar en medias por un suelo sucio mientras nos revisan como si fuéramos mulas. Y lo peor es que hemos aceptado ese trato sin protesta, como quien paga para que lo cacheteen.
Tal vez sea hora de replantearnos el pacto que firmamos sin leer la letra pequeña al subirnos a un avión. Tal vez la verdadera amenaza no está en la maleta, sino en la pasividad con la que renunciamos a nuestra dignidad. Volar ya no es una experiencia. Es un recordatorio de cuán fácil es acostumbrarse a ser maltratado, mientras nos dicen que es por nuestro bien y seguridad.