“San Andrés, el escudo y la desmemoria nacional”

Columnas de Opinión
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Hace pocos años, pero demasiados para un país sin memoria, un congresista bolivarense, Dairo Bustillo Gomez,  lanzó una propuesta que, en un país con sentido común, habría sido aplaudida, debatida y posiblemente implementada. Pero en Colombia, la idea pasó sin dejar rastro.

El congresista propuso algo tan sensato como necesario, modificar el escudo de Colombia. Eliminar de una vez por todas el inexplicable istmo panameño que aún adorna nuestro emblema nacional, como si tuviéramos nostalgia de una amputación que nunca quisimos aceptar. ¿Qué hace allí un pedazo de otro país, representando el escudo de este?

La propuesta incluía además algo aún más importante, incorporar el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina al escudo nacional. Un gesto simbólico, sí, pero cargado de poder. Porque San Andrés no solo es territorio colombiano, sino que es frontera viva, cultural y geopolítica.

Conviene aclarar algo que algunos parecen olvidar: esta idea no es de Gustavo Petro. Él, claramente, no tiene ideas propias, solo instintos de oportunidad. Revivió esta propuesta por puro populismo, porque hace sentido, y porque sabía que iba a calar en la mente del colectivo olvidadizo. No por convicción, sino por cálculo.

No es secreto que los raizales se sienten más cercanos a Jamaica que a Bogotá. Y no es por rebeldía, es simple abandono. El gobierno ha sido para ellos un rumor distante, un avión que pasa, una promesa que nunca aterriza. Y mientras seguimos discutiendo si poner un cangrejo en el escudo ofende a la heráldica, la geografía nos da una advertencia, San Andrés está más cerca de Nicaragua, Costa Rica y Panamá que de Cartagena. En términos afectivos, también.

Hay teorías que aseguran que la plataforma continental de Colombia termina cerca del archipiélago. Eso, dicen algunos, sería un límite físico para que Nicaragua y China puedan excavar algún día un canal que le compita al de Panamá, y que ya ha despertado el interés de potencias con afán de atajo. Yo no sé si eso sea cierto, pero sé que San Andrés y su población no aguantan un coqueteo de interés por parte de una potencia mundial.

Si no hacemos algo pronto, San Andrés no lo vamos a perder en una guerra ni en una sentencia de La Haya, lo vamos a perder en silencio, como perdimos Panamá, sin darnos cuenta.

Colombia debe dejar de ser un país que vive de símbolos vacíos y convertirse en una nación que los llena de sentido. El escudo es solo el comienzo. La verdadera inclusión empieza cuando los territorios dejan de ser mapas y se convierten en ciudadanos.

Y para eso, hay que tener memoria. Y dignidad.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com