El nuevo liderazgo: Manual de cómo no asumir responsabilidades

Columnas de Opinión
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Vivimos en los tiempos del liderazgo moderno, un concepto tan refinado y respaldado por teorías de gestión, literatura de autoayuda y flamantes MBA, que ha logrado transformar al líder en el mejor escapista de la historia. Antes, un líder era aquel que dirigía, inspiraba y, sobre todo, asumía la responsabilidad de su equipo. Hoy, el líder es un maestro del desvío de culpa, un experto en delegar no sólo tareas, sino también responsabilidades y, cuando todo falla, en señalar a los de abajo como los culpables.

Desde la Presidencia de la República hasta el técnico del Deportivo Montes de María, pasando por el gerente de la empresa y hasta el cachaco de la tienda, la tendencia es la misma: el liderazgo ha dejado de ser un ejercicio de visión y carácter para convertirse en una carrera de obstáculos en la que el objetivo principal es no tropezar… y si se tropieza, asegurar que la culpa la tenga alguien más. La función del líder dejó de ser responder por las situaciones y mostrar resultados, y se convirtió en explorar a quién echarle la culpa de por qué las cosas no se dan.

Uno lo ve en todas partes. Contratan administradores y rectores que llegan a una institución y, en cuestión de meses, cambian al 50% o más del personal. Por Dios, ¿en serio? ¿No será que el problema es de liderazgo? No pudiste haber funcionado tanto tiempo con más de la mitad de un equipo incompetente. O el equipo no era tan malo, o el problema es el nuevo líder, incapaz de dirigir con lo que tiene y necesitado de rodearse de su propio séquito para disimular su falta de capacidad.

Si algo sale mal, culpa al equipo. El error nunca es del líder; es del asesor, del técnico, del trabajador que no entendió la visión (aunque el líder no tenga ninguna).

Cuando el problema persista, crea una narrativa de victimización. “No me dejaron hacer mi trabajo”, “el entorno no fue favorable”, “mi equipo no estuvo a la altura de mis expectativas.”

En caso de emergencia, usa la excusa académica. “Lo que aplicamos está basado en estudios recientes” (hechos por académicos que jamás han dirigido ni una tienda de barrio, pero han leído mucho sobre liderazgo en el Harvard Business Review).

Nunca, bajo ninguna circunstancia, hagas autocrítica. Reconocer un error es un sacrilegio, así que es mejor mantener la farsa de que el líder es infalible.

Y mientras tanto, la pregunta que nadie parece hacer es: ¿quién evalúa si estas teorías realmente funcionan? Tal vez sería importante preguntar y estudiar cómo realmente se levantaron las grandes empresas que nos rodean: su historia, sus decisiones, su liderazgo. Estamos en la tierra del emprendimiento por excelencia en Colombia; aquí nacieron algunas de las empresas más importantes del país, aquellas que siguen marcando la economía y demostrando que el verdadero liderazgo no necesita excusas ni discursos vacíos.

Antes de que existieran todos estos tratados sobre liderazgo, las empresas crecían y aún existen. Hoy, con tanta teoría sobre cómo liderar, la única constante es la mediocridad justificada con discursos motivacionales y presentaciones de Canvas o powerpoint coloridas.

Tal vez el problema no sea la falta de liderazgo, sino el exceso de expertos que nunca han liderado nada.

En lugar de seguir recetas de liderazgo prefabricadas, quizás sea momento de rescatar el liderazgo basado en la experiencia real, en el compromiso con el equipo y en la capacidad de asumir responsabilidades. Preguntar a quienes han logrado construir algo, aprender de su camino, y entender que un líder no es quien se esconde detrás de su equipo, sino quien está dispuesto a guiarlo, con todas las consecuencias que eso implica.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com