Después de dar varias vueltas por algunos países, tanto en mejores como en peores condiciones que el mío, he llegado a una conclusión inquietante: las buenas costumbres, al menos las que practicamos en Colombia, parecen más una ilusión que una realidad. En otros lugares, ya sean considerados más o menos “educados” que nosotros, las normas de cortesía y convivencia no siempre son prioritarias. Por ejemplo, pedir algo con amabilidad diciendo “Por favor me regala” puede recibir un frío “aquí no regalamos nada”. Sin embargo, existe un respeto tácito por las reglas básicas de convivencia.
En Colombia, en cambio, vivimos en un teatro de las “buenas costumbres”, donde las palabras como “gracias”, “por favor”, “a sus órdenes” y “con mucho gusto” endulzan las interacciones, pero en la práctica, es común ignorar esas mismas normas que aparentamos respetar. Sabemos exactamente qué debemos hacer, pero optamos por no hacerlo, y terminamos tratándonos mal entre compatriotas.
Es curioso cómo presumimos de ser un pueblo cálido y educado. Repetimos “gracias” y “por favor” como si fueran mantras sagrados, pero cuando se presenta la oportunidad, nos colamos en cualquier fila: la del banco, el supermercado, el cine o el bus. ¿Por qué esperar nuestro turno cuando podemos usar la famosa “viveza” que tanto admiramos? Pedimos disculpas, pero seguimos pasándonos el semáforo en rojo, estacionando donde está prohibido, bloqueando calles para regatear un aguacate y además revisar si esta pa hoy, o tirando basura por la ventana. Somos expertos en palabras, pero pésimos en actos.
A esto se suma nuestro comportamiento público, donde convertimos los teléfonos en altavoces de música, videos o mensajes que nadie pidió escuchar. Ya sea en el transporte público, en el Marsol o en la sala de espera de un consultorio, parece que lo que escuchamos merece compartirse a gritos. Y cuando discutimos, nuestra respuesta natural es un “MVM” o un clásico “¿ajá y entonces, qué vas a hacer?”, como si la violencia fuera un pasatiempo en el que todos participamos.
Lo más paradójico es que, en el extranjero, solemos comportarnos mejor. Nos adaptamos rápidamente a las reglas y protocolos, no porque seamos naturalmente educados, sino porque tememos al escándalo, las multas o simplemente queremos mantener nuestra imagen. En casa, en cambio, nuestra “cultura” parece darnos carta blanca para hacer trampa, ignorar las normas y justificar todo con un “es que aquí toca así”.
No se trata de denigrar a nuestro país, sino de cuestionar esa ilusión de buenas costumbres que tanto presumimos. Decir “gracias” y “por favor” es un buen comienzo, pero no puede ser el fin del camino. Las verdaderas buenas costumbres están en respetar las normas aunque nadie esté mirando, en valorar la convivencia y en entender que ser “vivo” no es sinónimo de ser inteligente.
Si queremos dejar de vivir en esta paradoja, es momento de reeducarnos como sociedad. Aprendamos que la cortesía es más que un formalismo, que hacer fila es un acto de igualdad, que el espacio público merece respeto, y que la violencia nunca es la respuesta, sino una muestra de ignorancia.
Es hora de dejar de actuar como si fuéramos educados y empezar a serlo de verdad. Porque el día que aprendamos a respetar al otro, ya sea que esté frente a nosotros o al otro lado del mundo, ese día podremos decir con orgullo que somos un país donde lo realmente importante son las buenas costumbres. Por ahora, seguimos siendo actores en un teatro que engaña a pocos y confunde a muchos.