Doradal, la violencia que nunca se va

Columnas de Opinión
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Doradal, Cauca. Un lugar que, para muchos, sería apenas un punto en el mapa, un nombre que se pronuncia con indiferencia, sin historia aparente. Pero en los últimos días, ese nombre ha comenzado a pesar. Se ha vuelto denso, cargado de pólvora, de ecos de disparos que resuenan en las montañas. Las enfrentaciones entre grupos armados lo han transformado en un escenario donde la vida es un hilo que se deshilacha al menor roce.

Las noticias hablan de territorios, de luchas por el control. Una narrativa que parece tan familiar que podría ser otra, en cualquier otro rincón de Colombia. Pero detrás de esos titulares, hay algo más profundo, más persistente. En Doradal no solo se enfrentan armas; se enfrentan historias. Los habitantes del Cauca saben que la violencia no es una fuerza externa que llega y se va. Es un ciclo, un vaivén constante, como las olas que golpean siempre las mismas rocas, desgastándolas, transformándolas lentamente, sin prisa, pero sin descanso.

Las comunidades indígenas y campesinas, esos nombres que apenas se mencionan en los informes oficiales, son las que han visto, una y otra vez, cómo sus tierras se convierten en campos de batalla. Y en cada enfrentamiento, en cada disparo, se juega algo más que el control de un territorio. Se juega la vida cotidiana, el derecho a existir en paz, a cultivar la tierra, a criar hijos que no crezcan con el miedo como sombra constante.

Las montañas del Cauca, esos paisajes que podrían ser un refugio, han sido testigos de demasiadas balas, demasiados cuerpos que caen sin nombre. Y Doradal, en medio de esa geografía verde y espesa, se convierte en otro símbolo de lo que nunca termina de sanar. Las armas cambian de manos, los actores del conflicto se reconfiguran, pero la violencia sigue allí, como una herida que no cicatriza, como una enfermedad crónica que se ha vuelto parte del cuerpo. Especialmente allí, donde el agua del río se navega para encontrarse con la del mar, es la que utilizan los grupos al margen de la ley para transportar su mercancía: cultivos ilícitos, que crecieron en tierra azotada, en hectáreas arrebatadas al monte.

El Estado, ausente o presente en su forma más brutal, tampoco parece ofrecer más que parches. Envía tropas, organiza reuniones, promete planes de desarrollo. Pero para quienes viven en esas montañas, el Estado es un visitante extraño, que llega tarde y con manos vacías. Porque lo que se disputa en Doradal no se resuelve con una negociación rápida o con un despliegue militar que dura apenas unas semanas. Lo que está en juego es algo más profundo: es el derecho a una vida que no esté definida por el miedo, a un futuro que no sea solo la repetición de las tragedias del pasado.

Las balas siguen cayendo en Doradal. Y con ellas, caen las esperanzas de quienes buscan tejer una vida diferente en medio del caos. Las mujeres que siembran en el mismo suelo donde sus hijos pueden ser llamados a empuñar un arma. Los ancianos que recuerdan otros tiempos, quizás no más pacíficos, pero sí menos desgarradores. Los jóvenes que no saben si mañana podrán caminar por sus veredas sin el ruido de helicópteros o el eco de los fusiles.

Enfrentarse a la realidad de Doradal es enfrentarse a la verdad incómoda de Colombia: que en este país, la violencia es más que un episodio; es una estructura que se sostiene sobre la desidia, la pobreza, el abandono. Es una fuerza que atraviesa generaciones, una sombra que se extiende más allá de los titulares, más allá de las promesas vacías de quienes gobiernan desde lejos.

Y en ese espacio, entre las balas y el silencio que queda después, están las historias que no se cuentan. Las voces de quienes siguen viviendo allí, a pesar de todo, que cada día levantan la mirada y ven el mismo paisaje, sabiendo que el peligro sigue latente, pero también que su resistencia es una forma de vida. Porque seguir allí, en medio de todo, es un acto de lucha. Y esa lucha, aunque invisible, aunque casi silente, es la que mantiene viva la esperanza en Doradal.

Columna de Opinión e-mail: luisd.acosta@urosario.edu.co