El Rey excluido y el teatro del poder: Sobre la no invitación de Felipe VI a la posesión de Claudia Sheinbaum

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La exclusión es un acto, y todo acto tiene consecuencias, aunque estas no siempre se comprendan en el momento de su ejecución. En la ceremonia de posesión de Claudia Sheinbaum como presidenta de México, no se invitó al rey Felipe VI de España. La decisión de no convocar al monarca español no es, como se podría pensar en una primera lectura, una simple omisión diplomática. Es un gesto, uno que habla con el silencio ruidoso de las ausencias significativas. A través de su exclusión, se proyectan los ecos de una relación histórica que no puede zanjarse con una invitación no enviada.

La no invitación de Felipe VI nos obliga a interrogarnos sobre el carácter del acto político, del poder y del relato histórico que una nación pretende construir para sí misma. En el caso de México, una nación atravesada por la memoria viva de la colonización española, la exclusión del rey revela algo más que una ruptura diplomática: es una tentativa de repensar el presente desde la voluntad de disociarse del pasado. Pero, ¿es posible un presente que no dialogue con su historia, o solo se puede escenificar una disociación que, paradójicamente, refuerza la permanencia de ese pasado en lo simbólico?

La figura de Felipe VI, aunque representativa de una monarquía contemporánea, arrastra consigo las resonancias de un pasado imperial. Su exclusión de la ceremonia de Sheinbaum parece ser un intento de demarcar una distancia entre el México moderno y el legado colonial. Sin embargo, al excluir al monarca, lo que se está haciendo es convocar, aunque desde la negación, el fantasma del colonialismo que se pretendía exorcizar. La exclusión del rey es también la reafirmación de su figura, como si al negar su presencia, lo que se dijera es que su sombra continúa proyectándose sobre la estructura política y simbólica de México.

Se podría argumentar que el acto de no invitar a Felipe VI representa una declaración de soberanía, un gesto mediante el cual el gobierno de Sheinbaum se distanciaría de la narrativa colonialista y afirmaría la autonomía de una nación que se piensa independiente de las antiguas cadenas de poder. No obstante, ese acto es, ante todo, un gesto vacío. Vacío porque la figura de un rey, en este contexto, no tiene una relevancia política efectiva en la vida del México contemporáneo. Al excluirlo, se le otorga una importancia que no posee; se le erige, sin quererlo, en símbolo de un pasado que aún determina las acciones del presente.

La exclusión de Felipe VI, entonces, más que una afirmación de independencia, revela la incapacidad de la nación para desprenderse de su relación simbólica con España. Es la presencia del poder colonial en la ausencia del monarca, un recordatorio de que la historia no se puede rehacer con gestos superficiales. Se hace evidente, además, que la política del gesto —la política del espectáculo— tiene sus limitaciones. No basta con cortar los lazos simbólicos para crear nuevas narrativas de poder. México no puede definirse solo por su rechazo a lo que fue, por la voluntad de borrar lo que ha dejado una huella indeleble.

Claudia Sheinbaum, al asumir el poder, se inscribe en un relato de cambio, de transformación política y social. Sin embargo, su gobierno comienza con una omisión que intenta, ingenuamente, operar como una dislocación simbólica del pasado. Se trata, en última instancia, de una farsa del poder: la exclusión de Felipe VI no es un gesto de emancipación, sino una reafirmación de la dependencia simbólica que sigue condicionando la manera en que México concibe su propio lugar en el mundo.

El poder, para ser auténtico, no puede ejercerse mediante el rechazo de símbolos vacíos. El poder verdadero requiere una revisión crítica y profunda de las estructuras que sostienen las relaciones de dominación. La exclusión del rey, lejos de representar una ruptura con el pasado colonial, es una performance del nacionalismo, una escenificación que, en lugar de resolver la tensión entre la independencia y la herencia colonial, la perpetúa.

En esta ceremonia de posesión, lo que estaba en juego no era la presencia o ausencia de un rey extranjero, sino el modo en que una nación se enfrenta a su propia historia. El acto de excluir a Felipe VI es un intento fallido de reescribir esa historia desde la negación, y como todo intento que se apoya en lo negativo, termina por afirmar lo que deseaba borrar.

Columna de Opinión e-mail: luisd.acosta@urosario.edu.co