Mi abuelo decía que cuando venían nubes de Taganga era porque iba a llover. Antes lo decía con certeza, pero la Santa Marta en la que creció es tan diferente a en la que ha envejecido que ya ni el cielo se comporta como siempre. También decía que antes el mundo quedaba lejos, que lo imaginaba remoto detrás de la Sierra y el mar, el mismo mundo que Santa Marta parió hace ya casi quinientos años, ahora le toca la puerta.
Santa Marta es fundacional, no solo en mí que la siento en mis venas como los ríos que descienden de la nieve agonizante de los Nevados, y desembocan en el Caribe, sino del Nuevo Mundo, de América que es más un descubrimiento que un continente. Escuchaba estos días un debate sobre si Cien Años de Soledad era una obra costeña, o americana. Unos aducían que los otros limitaban los huevos prehistóricos de la novela a Río Piedra o al Gaira, que no importaba el agua que corría por ese lecho sino la que está escrita en las páginas de García Márquez y es universal porque no pertenece a ninguna parte. Otros en efecto, limitaban la novela a las anécdotas de un tiempo y lugar arbitrario en el que vivió García Márquez, como es arbitrario el tiempo y lugar en que vivimos todos. Pero ambas cosas son ciertas, y me arriesgo a ser malinterpretado cuando digo que el Caribe es el Mediterráneo Hispánoamericano. Porque de la misma manera que el Mediterráneo que navegaron Odiseo y Aquiles desde una Grecia que no era Grecia todavía, a una Troya en la que nacería el Occidente, Rodrigo de Bastidas viajó desde un Viejo Mundo que no tenía consciencia de ser viejo, a una América habitada por precolombinos que no sabían que precedían a Colón. Quizás estoy dando muchas vueltas para decir que el mar de Homero es tan griego y universal como lo es costeño y universal el mar de García Márquez. Aquiles nació en una tierra que se llamó Tesalia, que de verdad existe y es anterior a quienes le pusieron ese nombre, y zarpó a una Troya cuyas ruinas han desencarnado de la tierra, y de ese tiempo y espacio arbitrarios nació la civilización occidental, como Aureliano nació en un monte que en verdad existe, y descendió de allí a una llanura junto a una ciénaga arbitraria, en un momento arbitrario, y de esa tierra que nos fue donada por los siglos bautizamos a América. Todo este párrafo inmenso y febril para decir que la universalidad puede nacer donde quiera y cuando quiera, porque precisamente eso significa, que nos abarca a todos y a todo.
Y más allá, pienso en si el mundo se acabara para Occidente cómo se acabó para los precolombinos, y naciera de nuevo como nació para nosotros, cómo imaginaría una civilización hispanoamericana el Caribe que sería su Mediterráneo, literalmente en la mitad de su tierra. Así los azares de la universalidad se harían evidentes, y la Reina del Carnaval sería una figura tan mitológica para nuestros sucesores como lo es para nuestros contemporáneos el Oráculo de Delfos; y serían las olimpiadas que fundó Heracles Ideo como las fiestas del mar que creó Pepe Alzamora; y juglares cuyo arte es despreciado hoy por los esnobistas musicales, como Diomedes Díaz o Carlos Vives, serían escuchados como los recolectores de poesía que fueron también Sofocles y Eurípides.
Santa Marta, la ciudad universal, en la que nació el continente americano, en la que no sucede nada, pero ha pasado de todo. Feliz cumpleaños 499, y que sean 499 más.