Theodorakis: gigante sin fronteras (III)

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co



Hace diez años, fiel a su espíritu abierto, enriquecido con los golpes de la experiencia, del éxito y el reconocimiento, y aún de sus propias equivocaciones, decidió fundar un movimiento que bajo el nombre de Spitha, “chispa”, represente la síntesis de su legado por encima de los partidos y en busca de la paz interna del mundo helénico y la reconciliación internacional.
Su eterna visión de una izquierda amplia, constructiva y generosa, respetuosa de los fueros de los demás, sin ánimo revanchista y más bien en el tono de Imagine, la canción de John Lennon, quien alguna vez ayudó a que los Beatles hicieran en un estudio de la BBC su propia versión de “Luna de miel”, compuesta por el maestro griego. Más allá de distinciones políticas, el mundo recuerda aquel baile de Zorba el Griego, recreación cinematográfica que Mihalis Kakoyannis hizo de la obra inmortal de Nikos Kazantzakis sobre “La vida y tiempos de Alexis Zorbás”, en el que el mexicano-estadounidense Anthony Quinn, aunque no llevase en la sangre los secretos de la autenticidad propia de los nativos, dejó grabado lo que muchos interpretan como ímpetu helénico, en una playa ahora solo visitada por cabras. Cada pueblo con su bailao. Pero esa es apenas una de las más publicitadas muestras de la obra monumental de Theodorakis, influenciada de principio a fin por los ecos de los cantos de origen bizantino que escuchó en su niñez, cuando improvisó su propia forma de escribir unas primeras canciones, antes de ir a Atenas a estudiar con el maestro Ekonomidis y después al conservatorio de París con Olivier Messiaen y Eugene Bigot.

Su obra comprende doce composiciones sinfónicas y casi veinte de música de cámara. Oratorios, dentro de los cuales, además del de Neruda, destacan el Axion Esti con la letra de Odysseas Elitis, uno sobre el Romancero Gitano de García Lorca, y La marcha del Espíritu, de Ángelos Sikelianós. La “Balada de Mauthausen”, que muchos consideran su mejor composición musical, sobre de poemas de su paisano Iakovos Kambanellis, sobreviviente de un campo nazi de concentración. Óperas sobre Medea, Elektra, Lysístrata y Antígona. Himnos como el del de Malta, la Organización para la Liberación de Palestina, los Juegos Mediterráneos, el Partido Socialista Francés, el Movimiento Al Socialismo de Venezuela y el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. Música para festivales y coreografías de ballet. Acompañamientos para tragedias de Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Esquilo, lo mismo que de obras de teatro de Shakespeare y Camus. Musicalización de trabajos de Solomós, Kavafis, Ritsos y todos los grandes poetas griegos de su tiempo. Música para más de dos docenas de películas y una cantidad de canciones populares de esas que la gente lleva en el alma para siempre, que eran su mayor deleite y afición. Sumando, sumando, como griego cabal, se aventuró además en la escritura y deja casi una veintena de libros cargados de fuerza, poesía y melancolía que delatan el eterno griego que llevaba dentro.

Las composiciones de Mikis Theodorakis se repetirán por mucho tiempo, con ese encanto musical que comienza con su nombre, y se sumarán a la lista de contribuciones al enriquecimiento cultural de la humanidad, clásicas, antiguas y modernas, por parte de un país que ha existido para asombrarnos con su sentido poético, su sensibilidad desmedida, su capacidad de enmendar errores y su voluntad de perdurar más allá de la muerte de sus propios gigantes, a los que sabe venerar y llorar.


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