Sublimación

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hace unos días volví a ver Atonement, una premiada película inglesa, basada en un libro de igual título, en la que se recrea de manera grandilocuente la batalla de Dunkerque, cuando, a finales de mayo y principios de junio de 1940, más de 300.000 soldados británicos, franceses, belgas y de otras nacionalidades aliadas, fueron evacuados de las costas del norte de Francia (de la ciudad de Dunkerque, justamente) cuando ya venían los alemanes nazis como unas máquinas endiabladas a masacrarlos sin piedad, según su costumbre.

Mientras veía esta cinta, comprendí por fin el fondo de otra producción (esta parcialmente británica), también laureada y del mismo asunto, que hace un par de años anduvo muy de moda: Dunkerque. Entonces me acordé de que la historia la escriben los vencedores, lo que ha sido especialmente cierto en tratándose de la Segunda Guerra Mundial, quizás porque lo que no podía pasar, la humillación de países poderosos, ahí pasó con creces. 

Aunque en las dos ficciones a que me refiero se plantea la posibilidad de que Winston Churchill hubiera salvado el honor de la ya decadente potencia colonial que dirigía mediante el ahorro de tantas vidas que después le servirían a él para seguir la guerra, lo cierto, lo que ha quedado demostrado historiográficamente, más allá del disimulo llamémosle “artístico”, es que ello se pudo dar solo porque los nazis les perdonaron la vida a los evacuados al quedarse cerca de Dunkerque a la espera, al inhibirse de atacar, y no porque el talento militar (o ya el coraje de arriesgarse a morir en combate) de los que salieron corriendo existiera en demasía.

Debido a una variedad de razones coincidentes, los hombres de Adolfo Hitler se abstuvieron de terminar la que habría sido una histórica carnicería a orillas del mar del Norte; por lo demás, quién sabe si la guerra se hubiera empezado a acabar de haberse consumado la que, afirman muchos, era una segura victoria germana. 

Este episodio de disfraz de lo que en verdad sucedió, esta deliberada tergiversación de la realidad a través del medio cinematográfico, me ha hecho pensar en la ocurrencia de cuestiones análogas en ese último conflicto universal. Por ejemplo, el papel definitivo del Ejército Rojo en la derrota de Hitler, tal cual se reconocía en los Estados Unidos hasta el inicio mismo de la Guerra Fría.

Es cierto que las huestes “obreras y campesinas” de Stalin cometieron barbaridades indecibles en el camino de la contraofensiva contra los alemanes (quizás las mismas con que estos se deleitaron antes, en terreno soviético), como violar y embarazar mujeres a propósito, en tanto que ese genocidio representaba la imposibilidad del enemigo derrotado para olvidar, sangres mezcladas de por medio; pero también es veraz decir que en el Frente Oriental se decidió la guerra, y que, en consecuencia, no fueron los yanquis los que la ganaron, como sus cuentos embrutecedores lo han repetido durante décadas.  

Recientemente, ha empezado a destaparse que ciertos barcos repletos de judíos, llegados a los Estados Unidos huyendo de la muerte en los campos de concentración, solían ser devueltos sin más a Europa. También se entiende mejor ahora que los héroes de las películas politizadas no existen. 



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