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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Tiempo hace que quiero escribir una breve mención de los vocablos usados en el mundillo del fútbol para denotar alguna característica física, idiosincrática o técnica de jugadores en particular. Suman cientos los motes utilizados al efecto, especialmente en Latinoamérica (Argentina a la cabeza, ¿pero quién en verdad a la zaga?), sin desestimar ciertas muestras europeas.
En el sur ha habido de todo: el Piojo López, el Burrito Ortega, el Picante Pereira, muchos Pipas (narizones), muchos Tanos (de origen italiano), el Inglés Babington, el Cabezón Ruggeri, el Vasco Olarticoechea, el Mago Capria, Condorito Fabbri, el Colorado McCallister, el Tigre Gareca, el Matador Kempes, el Apache Tévez, el Loco Gatti, el Payaso Aimar, el Conejo Saviola, la Fiera Cáceres, y el inolvidable Pelusa Maradona. Todos los días aparece un apelativo nuevo, pues a diario surge una nueva esperanza. El juego sobrevive (y permite sobrevivir).

En otros lados, desde luego, también hay pasión por renombrar a los artistas de la grama. Es el caso de México, donde le dan la pelea a Argentina: el Conejo Pérez, el Chapulín Campos, el Cadáver Valdez, el Abuelo Cruz, el Cuchillo Herrera, el Vaquero Jáuregui, el Piojo Herrera, el Tecatito Corona, etc. No se rezagan en Brasil, aunque allí es menor el apodo externo (el de los narradores de partidos, la prensa o la afición) que el interno (el de la familia, el colegio o el barrio); veamos, de los segundos, están Dunga (uno de los siete enanos de Blancanieves en portugués brazuca), y Maricá (o sea, Sérgio Silva de Souza Júnior), llamado con la denominación de su pueblo, ubicado en el Estado de Río de Janeiro; mientras que, de la primera clase, entre los realmente superpuestos, cabe destacar a O Animal Edmundo (creo que sobra la explicación), y ahora recuerdo a O Fabuloso, Luís Fabiano, un gran atleta que mereció suerte en la Seleção.

En los demás países de nuestro entorno cultural la cosa tiende a reducirse. En Perú, sin embargo, tuvieron al Poeta de la Zurda, César Cueto, al Nené Cubillas y al Emperador Uribe. En la menos risueña España, el infaltable Buitre Butragueño (decir las dos palabras es casi un pleonasmo) y Ricardo Zamora, el Divino (de mucho éxito con las damas de un siglo atrás), son excepciones frente a la pléyade de Juanmas, Juanfrans, Luismas, Javis, Joseles, que más los relacionan con los yanquis y sus diminutivos que con el sabroso condimento sudaca. ¿Y Colombia? Colombia tiene lo suyo: después de imitar, a partir de varios Locos, Nenes y Pibes, la gracia local apareció: el Mánimal Cortés, el Mágico Gómez, la Espiga Rincón, el Tren Valencia, el Bombardero Valenciano, el Pitufo De Ávila, o el Pocillo Díaz (este ya lindando la ofensa).

El balompié, que tanto consuelo da, ofrece asimismo la oportunidad de llamar cálidamente a los protagonistas, nunca en ejercicio de mala fe; y de completar la fantasía infantil de que, si bien no conocemos a las estrellas, las tenemos cerca. Es como rellenar el álbum del mundial, y así sentir que se es parte del campeonato, que se conoce y entiende lo que pasa, que es posible olvidar la tristeza de no ser futbolista. En lo personal, pienso mejor de un delantero de sobrenombre gracioso, pegajoso, sutil o juguetón, que deje recordar la alegría de la cancha, las risas de los amigos y el sudor de la lucha a modo de terapia contra el tedio infinito. Bendito fútbol.


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