¿Contradicciones? (ll)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Joaquín Ceballos Angarita

Joaquín Ceballos Angarita

Columna: Opinión 

E-mail: j230540@outlook.com


En columna anterior hicimos referencia a algunas contradicciones en que lamentablemente suele incurrir el colectivo social. En esta presentación ampliaremos el catálogo de incoherencias que estimamos relevantes.

Acordes con ese esquema de pensamiento es válido recordar que, con algo de jactancia, se predica de la feligresía colombiana ser mayoritariamente católica. Y vemos, con inmensa satisfacción, copiosa asistencia a los oficios religiosos: misas, procesiones y consagraciones. Empero, coetáneamente, se proclama con vehemencia la preponderancia del Estado laico, rechazando la injerencia de la iglesia en los asuntos públicos. A la vez se expiden leyes y se dictan sentencias que contrarían frontalmente los mandatos dictados por el Supremo Legislador Universal. Igualmente se le da cada vez más escenario a las prácticas prohibidas por la moral cristiana.

Entonces, de labios hacemos confesión de una fe, y con la acción volvemos impracticables los dictados de esa fe confesada. Contradicción. A lo aquí dicho agreguemos que, esa iglesia a la que se le quiere apartar de todo nexo con el rol oficial, es a la que se acude con angustiosa premura para que interponga sus buenos oficios como mediadora cuando los conflictos sociales, económicos o políticos de sectores antagónicos desbordan la capacidad conciliadora y la eficacia del prepotente Estado laico. Otra contradicción. Pero hay más incoherencias, quizá la joya de la corona, como se dice en el argot común, los desalmados sicarios que se persignan invocando la asistencia divina en el instante fatídico en que se disponen a accionar el gatillo para no fallar en la ejecución del crimen. Dislate irracional. Pretender que el autor de la vida, el Dios que en el Decálogo nos ordena no matar, convierta en exitoso el abominable designio homicida. Distorsión del razonamiento lógico. Hacemos afirmación en favor del sistema democrático; sin embargo, se conspira contra él, de muchas maneras: pervirtiendo al elector comprándole el voto, con dinero o en especie o con puestos, contratos y demás granjerías.

Corromper el sufragio universal en su fuente más pura que es el pueblo, es socavar y destruir la democracia. Descrita por el memorable Abraham Lincoln como “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La que Sir Winston Churchill consideró, irónicamente,”El peor de los sistemas políticos, después de todos los demás”. La que aceptaba con reticencia Aristóteles, precisamente por temor de que la conciencia popular fuese maleada. Querer democracia sana en pueblo que vende su voto, es incoherencia ostensible. Como igualmente es contradicción palmaria anhelar leyes buenas con legisladores malos. O justicia imparcial con operadores que no tienen la virtud de ser probos ni justos; que inclinan el fiel de la balanza hacia el platillo que tiene denarios, o lleva carga de simpatía o animadversión personal o afinidad ideológica. Mal que emana de un sistema funestamente infectado por la politiquería, antípoda del ideal de buen gobierno.

Y este no se logra porque la gobernabilidad se torna más difícil cada día, en la medida en que prima el interés personal sórdido, egoísta, sobre la conveniencia general, contrariando protuberantemente el postulado consagrado en la Carta Política. Incoherencia. No habrá buen gobierno donde no hay gobernabilidad. Donde las intenciones altruistas y los proyectos benéficos para el país sucumben en el maremágnum de la incomprensión, el clientelismo o de la oposición irracional de individuos con ínfulas de líderes que destilan resentimiento y el odio que portan en la hemoglobina se les dibuja en el rostro y refleja en sus actos. Apátridas que todo lo quieren perturbar incluyendo el orden público, la paz de la nación -con predica de lucha de clases-, incitaciones dolosas a desconocer las instituciones democráticas y convocatorias a la desobediencia civil. La oposición honrada y constructiva es respetable y necesaria. La radical, reprochable, insensata.


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