La tensión de la nota

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Escrito por:

Eimar Pérez Bolaños

Eimar Pérez Bolaños

Columna: Opinión

e-mail: eimar.perez@unad.edu.co


Dicen algunos expertos del ámbito pedagógico, que lo más difícil en un proceso de enseñanza-aprendizaje es la evaluación. Tanto así que, en dicho asunto, se ponen en juego varios factores, que pueden ser internos o externos; estos son determinantes para cada una de las partes, ya sea para el evaluador o para el evaluado; inevitablemente ambos ejercen un rol activo en el proceso.

Sin embargo, no es sencillo asumir alguno de los roles, aunque pareciera que hubiera una subordinación o relación de poder, porque el evaluado muchas veces se siente en desventaja frente al evaluador, lo cual considero es relativo. No obstante, cuando existen unos criterios explicitados con antelación entre las partes, se pueden encontrar escorzos de objetividad.

Una nota en términos evaluativos como resultado de un proceso llevado a cabo, es el paradigma de “medición” que otorga la validación o no del desarrollo de ciertas competencias. Lo anterior implica varios ámbitos, ya sea laborales, culturales y en la mayoría de los casos en los procesos de aprendizaje.

En este último, se generan muchas tensiones en el día a día entre estudiantes y docentes. En la mayoría de los casos, los primeros se basan en el llamado “esfuerzo” para realizar una tarea, también tiempo dedicado, costos y forma. Por el contrario, para lo segundos los criterios se establecen en la integralidad de un proceso, que imbrica un saber, un hacer y un ser. En consecuencia, aunque los estudiantes desarrollan sus competencias, le otorgan un valor preponderante al “sacrificio” del aprender.

En medio de la pandemia actual y lo que implica una “reinvención y flexibilización” en la educación, se percibe la tensión entre el valor por el “sacrificio” del hacer, en contraste con el desarrollo de una competencia que se necesita en el perfil de un egresado o para la promoción de un grado a otro. Tal confrontación denota que si el sistema educativo en Colombia, impulsa al estudiante a valorar más un resultado que el proceso mismo de aprendizaje, la tensión de la nota se exacerba en todo sentido.

Es por eso, que se hace necesario tener claro, que tanto la evaluación, como el aprendizaje son procesos constantes, que no son lineales y definitivos, que implican giros continuos en busca de un horizonte claro y seguro. Por su parte, el conflicto se genera cuando la nota sobre todo en términos numéricos olvida dicho proceso y se reduce a quién gana y quién pierde, simplemente como requisito.

A pesar de todo, casi nunca queda espacio de reflexión entre evaluadores y evaluados para realizar estos análisis. También, aunque se promuevan los desacuerdos o inconformidades se convierten en el centro de la discusión, más que la estructura y la importancia de un acuerdo para la evaluación. A veces ocurre que se considera inadecuadamente al evaluador, con el sinónimo de juez y el evaluado como neófito.

Finalmente, cabe anotar que desde hace varios años urge una reestructuración en diferentes aspectos de la educación en Colombia. Es decir, mientras la nota tenga un peso más importante que el desarrollo de unas competencias, estaremos en el círculo vicioso de la trampa, de los miedos y muchas veces del uso del poder como instrumento “pedagógico” de control y de imposición de unos conocimientos.


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