Hay que matar a Gaitán

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



En abril se cumplió un aniversario luctuoso más, otro más, del magnicidio que sacudió el sustrato de este suelo hasta su centro ardiente, sin que, no obstante las magnitudes desatadas, ello implicara cambio alguno en la estructura espiritual colombiana; aun cuando el mismo Jorge Eliécer Gaitán hubiera creído que su asesinato iría a desencadenar medio siglo de violencia incontrolable, y que, así, merced a la aprensión inconfesable ajena, se encontraba protegido. En julio de 1948, unos meses después del hecho, vino a Bogotá cierta comisión de tres detectives de Scotland Yard, la Policía Metropolitana de Londres, a pedido del presidente Mariano Ospina Pérez, de modo que investigara lo sucedido y hallara culpables, ojalá distintos, es de suponer, a la CIA y al Partido Conservador, los más obvios mas no únicos sospechosos fundados.

Naturalmente, los policías ingleses, escoltados por un amigo cercano de Gaitán, el magistrado de la Corte Suprema de Justicia Ricardo Jordán Jiménez (a quien Ospina Pérez designó instructor en tanto que muestra de garantía de transparencia), nunca encontraron cosa distinta a que un loquito resentido, Juan Roa Sierra, había matado en actuación original al caudillo porque él no lo atendió debidamente alguna vez. Esto era lo que se conocía desde antes de que llegaran los extranjeros y es lo que se sabe y reafirma incluso hoy en la opinión pública nacional, acaso a instancias sectarias. Pero, repetida mil veces esta teoría, su reproducción no la hace más veraz; tampoco menos, pues el fuego y la confusión todavía enrojecen a aquel cielo capitalino.

A pesar de la colaboración de un íntimo de Gaitán, existen recelos de que a los británicos investigadores los condujeron, con maña y colombianidad, hacia la conclusión de que aquí no pasó nada, aparte del acto de un solitario desequilibrado (además, se dijo que Roa Sierra ultimó al líder popular para enrostrarle a determinada exnovia que él siempre fue capaz de triunfar). Es preciso insistir en lo intuido: si bien los comisionados londinenses dejaron constancia en su informe de que no se les permitió trabajar libremente en Colombia (el documento producido se conoció solamente en 2002, ya que “estaba perdido”), y de la presencia de un gaitanista en las pesquisas, también es cierto que la cantidad de enemigos que el penalista podía contar en el final lucía proporcional a su lucidez y arrojo. Prácticamente, su solo aliado en abril de 1948 era el propio pueblo; y, aunque la masa pesa, poco puede oponer contra una conjura a tres bandas.

Hay que ver cómo Gaitán había podido hacerse con adversarios de mando tan diverso y aún confiar en poder salir a almorzar acompañado, en ambiente de bromas. (A propósito de lo cual, perviven quienes dicen que no andaba muy bien de amistades). ¿Cómo diablos se forja un político profesional la inquina de gringos y de rusos por igual, de conservadores gobiernistas y de copartidarios oposicionistas al tiempo? Tal vida vivía el dirigente al momento de caer, en plena IX Conferencia Panamericana; entonces Colombia se constituía en la punta de lanza yanqui ante el comunismo en el subcontinente. Denunciar lo ocurrido en Ciénaga cuando la Masacre de las Bananeras, negarse a ser un ciego activo de Stalin, resistirse a la matanza de liberales con aplauso del Gobierno, no considerarse manzanillo adicional del Partido Liberal… Eso cuesta.


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