Yassert Yejhas: a lo mero macho (2)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



Debido a que en mi pasada columna expresé opiniones sobre el atropello cometido por el "Bolillo" Gómez en contra de una mujer, he recibido unos comentarios de una de mis lectoras.

Lo que escribo a continuación es simplemente una síntesis de lo comentado por Diana con la debida aclaración de que los nombre originales han sido intencionalmente modificados.

Dice Diana que no sólo los hombres golpean físicamente a las mujeres sino que también golpean su dignidad: existen algunos hombres (abundantes y sutiles) que bien podrían ser denominados como machos-cabríos.

José Zorrilla manifiesta en su libro Don Juan Tenorio (1844), que en este tipo de hombres existe un invisible fuego que los enardece. Viven en el fondo del abismo. Extractan el amor sexual demasiado pronto.

No se detienen ni escarmientan. Son vigilantes de sus víctimas y son arriesgados.

El deseo sexual exenta al caballero que aparentan representar. Viven en un suicidio perpetuo. Por eso, dice Diana, pegan tan duro como los verdaderos trompeadores.

Son de aquellos que se dejan de pendejadas para ir al grano. O mejor: a la vagina. Son de los que se reconocen como expertos galgos para saber que cada mujer tiene su lado débil. Casi siempre son hombres casados que por ningún motivo de la vida piensan abandonar a su amada esposa. Mientras tanto, las otras son simples juguetes orgásmicos. Cuando hablan con sus víctimas reconocen que lo bueno cansa; que todos los días más de lo mismo aburre, por muy bueno que sea.

Por eso necesitan de otros rostros y cuerpos. Y declaran que las idiotas de afuera son tan desprendidas, tan provocativas, tan coquetas y, al principio, tan descomplicadas… y, si tienen maridos, mucho mejor porque no piden tanto.

La descripción del macho-cabrío le cabe como anillo al dedo a Yassert Yejhas, quien siempre se ha sentido dueño del balón en cuanto a escarbar hembras en la Maguni. En época de escases prefiere las mujeres de los amigos que la vida le va presentando. Sus conversaciones son rematadas con un siempre amor a primera vista.

Un amor que desaparece a segunda o tercera vista cuando ellas se vuelven intensas, cansonas o empiezan a buscarlo en horas inoportunas. Yassert sale corriendo cuando las pobrecitas le preguntan: ¿qué somos Yassert?

Es de los que sin contemplación alguna manifiesta su voraz apetito: Verónica: te siento como comida fuerte, como bocaditos de pastel gloria con capuchino". Ansioso y apetente despliega la teoría hormonal de la sexualidad como si fuese cualquier maestro de la academia. Al fin y al cabo funge como médico homeópata. Verónica: siento por ti algo primitivo, algo animal" (¿zoofilia?).

Este tipo de notas las manifestó mientras chateaba presuntamente con la incauta. Ante la provocación Yassert fue mucho más allá: deseo follarte, comerte, lamerte, chuparte, olerte, sentirte, poseerte. Lo grave fue que el sabueso no sabía que estaba chateando no con Verónica sino con su marido. Y ahí fue Troya. No soportó. Huyó despavorido del computador al igual que las ratas huyen de los barcos cuando se están hundiendo.

Y-Y sabe cuál es el estereotipo de hombres del que gustan las mujeres incautas. Dice que les encantan hombres graciosos y lanzados. También hombres inteligentes, generosos y tiernos.

Y cuando ellas saben que uno es casado, parece que se les abriera el apetito. Qué ironía. En una ocasión le dijo a Verónica que "no sabía si su amada Lili conocía sus andanzas por los vericuetos vaginales de este mundo".

Sabe tanto el hombrecito que enseña que cuando las mujeres dicen no es un de pronto; cuando dicen de pronto es que si y si dicen si es ya. Pura ciencia de la vida. A Verónica le dijo: no te preocupes por tu marido porque yo soy una tumba. Blanqueada por fuera y sucia por dentro. Es una máquina de hacer palabras en el chat.

Sus frases son aprendidas como las canciones y varían dependiendo de la víctima. Su tema preferido: el ginecológico. Se ha vuelto experto en flujos y remedios. Todo lo que habla y hace lo presume siempre espectacular. Macho intenso. Lo romántico no es su fuerte. Chupa como las sanguijuelas.

Les llena el ombligo de champaña barata a las ilustres damas que pasan por sus manos. Suena cursi: a todas les dice que les encanta olerlas. Como hacen los felinos. Como ocurre también con los perros. Son príncipes azules al comienzo: tiernos, delicados, sin prisas, etc. Utiliza la marihuana para sentirse feliz y eréctil a primera olfateada.

Para Yassert la esposa es la madre de sus hijos. Las otras… de sus espermas. Son caprichos pasajeros, conquistas emocionales. Ducho en pedir terceras para que la cosa sea más sensacional. Y la boba, que nunca ha hecho algo así con el marido, sale corriendo hacia la vida falaz. Los caballeros como Y-Y no tienen memoria. Son unas tumbas que comen gratis.

Dios les dijo a todos que dieran de lo que tienen y el pobrecito no es el hijo de menos familia. Para algo le sirve la bandera palestina pegada en un vidrio de su ostentoso carro. Simbolismo de su vocación por los harenes lejos de las consabidas responsabilidades.

Para Yassert Yejhas no hay mujer en la faz de la tierra que no esté buscando ser rescatada. "Les gustan mis expresiones eróticas".

Entre más sucias más hermosas. Ha perdido la cuenta de cuantas mujeres han pasado por su falo genealógico. Solo de pocas se acuerda de su nombre. No las obliga, las seduce, las usa. Consolador de decepcionadas. Cada aventura es una experiencia intensa como en aquel momento en que supo que no chateaba con Verónica sino con su marido. Complacida Diana.



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