Pongámonos de acuerdo

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

Colombia es un país que no solo tiene reconocidas facultades de economía, sino también un grupo muy significativo de economistas que se destacan a nivel nacional e internacional. Además, estos profesionales cuentan en su haber con uno de los mayores activos de este país: un manejo cauteloso y conservador de la economía que históricamente ha librado a Colombia de los grandes males que afectaron a muchos vecinos: sobre endeudamiento, recuerden la crisis de la deuda en América Latina; hiperinflaciones; y en general populismo macroeconómico. Nada de esto se ha visto en este país. Por esas contribuciones positivas del gremio ahora sorprenden algunas de las contradicciones en que están cayendo algunos de sus destacados exponentes que son parte del establecimiento.

La primera ha causado sorpresa y ya está en twitter. El Minhacienda acaba de declarar que Colombia tiene el sistema impositivo de los países pobres y no es uno de ellos. ¿Por qué? Por la baja tasa de impuestos sobre el PIB inferior a los de sus países vecinos. ¡Hágame el favor! Cuando este ministro acaba de sacar contra viento y marea una reforma tributaria que baja aún más este peso de impuestos gracias a las grandes concesiones a la industria.  Una verdadera perla.

Pero siguen las contradicciones. Sin sonrojarse, nuestros famosos economistas afirman en foros públicos, que Colombia tiene semejante déficit en cuenta corriente, 4.3%, porque sus vecinos están en crisis y no se les puede vender nada. ¡Qué tal! Se les olvida un pequeño detalle: no exportamos porque no tenemos oferta exportable, pues nos engolosinamos con el petróleo y dejamos atrás sectores como el agropecuario que sí nos permitiría ofrecer no solo alimentos, frutas y aguacates, sino también productos agroindustriales. Pero como eso implica tocar inamovibles como la concentración de la tierra y cerrar la brecha social y económica campo-ciudad, eso no se menciona.

Sin embargo, además de estas, la más inquietante es la que se refiere al ingreso de la mano de obra. Resulta que en este país el crecimiento obedece significativamente a la dinámica de la demanda interna. Entre otras, ya se está acabado la queja sobre la migración venezolana porque se reconoce que las compras del millón y medio de estas personas que, comen, se visten y viven así sea precariamente, nos han ayudado a crecer más que el resto de la región y mostrar con orgullo esas cifras. Sin embargo, los mismos que reconocen esas virtudes de la demanda interna afirman que el alza del salario mínimo explica el alto desempleo y por lo tanto recomiendan reducir los incrementos salariales. A ver, de nuevo, ¿en qué quedamos? Es evidente que los consentidos del gobierno, los empresarios, quieren como se dice tener el ponqué y guardarlo. Que los asalariados compren pero que no se les suban los sueldos. ¿Fácil, verdad?

Como los economistas que mandan son un círculo tan cerrado, hombres, neoliberales y muy cerca del poder, sería bueno que oxigenaran el grupo dejando entrar a las mujeres economistas que son muchas y excelentes y también profesionales social demócratas y de izquierda para que salgan de ese círculo de aplausos en que conviven permanentemente. Solo así, se darán cuenta de sus contradicciones. Lo malo de esto es que quienes pagan el pato son los ciudadanos de a pie que son los que viven en carne propia las consecuencias de sus posturas incongruentes. La recomendación es muy simple: pongámonos de acuerdo y analicemos lo que se está diciendo para no seguir cayendo en planteamientos incoherentes. Esto les pasa por ser siempre los mismos con las mismas.

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