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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Todo cambia, es cierto. Las modas como las épocas. Pero ésta que nos tocó es bastante maldita y les voy a contar por qué.

Las redes sociales son un gran invento que sólo ha servido para alimentar nuestro ego, para agrandar nuestra mitomanía y, en algunos casos, nuestra ninfomanía. Son completamente inútiles a menos que tengamos un negocio, y pues en este país de empresarios, grave. Lo que sí ha demostrado es lo profundamente chismosos y desocupados que somos los seres humanos, algo que no es del todo malo pues, como diría Yuval Noah Harari, el chisme ha contribuido a que nuestro cerebro se desarrolle. Es decir, en últimas las redes son un reflejo de lo que somos. Antes, cuando el mundo era sabio, decían que el ocio estaba relacionado con la genialidad. Ahora el ocio es una especie de esclavitud atiborrada de información sin sustento y de opiniones sobre astrofísica emitidas por gente que estudió contabilidad o derecho.
Por otro lado, no sé si se han dado cuenta, pero las redes son las culpables de la homogeneización absoluta de todo: moda, comida, cultura, etc. Todos los matrimonios se parecen, todos los restaurantes se parecen. Uno sale de Bogotá, se baja en Seúl y se puede tomar un café idéntico en un sitio idéntico. Ahora todos tenemos las mismas lámparas, los mismos muebles de Tugó, servimos la mesa igual. He llegado a pensar que tenemos el mismo humor y hasta creo que los mismos trastornos de celos. Ni hablemos del reggaetón, pero hace poco estuve en la feria de Cali y me pregunté tantas veces cómo es que no soy un melómano consumado de la salsa en lugar de estar oyendo, sin que nadie me avise, la voz de Sebastián Yatra.
Lo que está pasando es grave y, por eso, lo único que nos salva es la diferencia. Hay que luchar por la diferencia, hay que trabajar en ella. Es lo único que nos va a permitir impedir que este mundo se vuelva infinitamente aburrido. Por eso me preocupa tanto esa gente que no soporta lo diferente, que lo insulta, lo pisa y lo vuelve mierda. Porque aquí no se debate sino que de una se ataca. Son personas llenas de temor, de inseguridades y de angustias existenciales no resueltas. Pasa todo el tiempo, pasa con quienes atacan a los que marchan de manera pacífica, con quienes odian a los uribistas, los que le hacen bullying a quienes tienen el pelo cucú, o los que recogen firmas para que le quiten el puesto a la transgénero que nombró el acalde de Manizales como nueva Secretaria de la Mujer. De todo esto me entero por redes sociales porque, claro, no voy a colapsar de FOMO. Busquen qué significa. Busquen.
Lo diferente nos enriquece, nos alegra, nos divierte y también nos consuela. Hay que sentirse orgulloso de la diferencia, aunque sea mínima, que tengamos interna y externamente. Eso hasta lo mandan los psicólogos cuando tratan con problemas de autoestima. En esa igualdad global en la que vamos, todos salimos perdiendo, porque la mayoría acaba poniendo expectativas donde no las hay, alargando las tusas, exponiéndose a que pervertidos los engañen, pero sobre todo, a no saber ya quiénes son en realidad. Yo es que soy un optimista, un romántico, por eso creo que aún estamos a tiempo.
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