Dormir más, trabajar mejor

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Desde hace un buen tiempo me pregunto si tanto trabajar en este país sirve para algo.
Si de verdad nos va a cambiar el destino pantanoso en el que nos hemos movido durante siglos. Si de verdad por dormir menos uno debe sentirse mejor, más disciplinado, más berraco. En Colombia hemos crecido con esa visión del mundo muy campesina, muy rural, de que hay que madrugar; del que no madruga no sirve. Veo, incluso con algo de miedo, cómo gente cercana hace alarde orgulloso de lo mucho que trabaja, del poco tiempo que le queda para dormir, salir a comer, compartir con los amigos o la familia. Es como si a los colombianos en algún momento de la historia nos hubieran metido en el ADN esa horrible falacia de que hay que matarse trabajando para sentirse alguien en la vida.
Existen frases famosas en nuestro imaginario colectivo, que van desde el “yo en la vida no he hecho sino matarme trabajando” hasta el “trabajen vagos” de la honorable representante y además Cabal. Es llamativo cómo desde cada posición, sin importar el estrato o la clase social, hay en la sociedad colombiana una especie de enfermedad, un trastorno, una obsesión por el trabajo.
El pasado mes de diciembre, el columnista Adolfo Zableh publicó una columna en la que cuestionaba la crítica que muchos colombianos hicieron a los marchantes de noviembre cuando decían “Yo no marcho, yo produzco”. En medio de esa reflexión, Zableh nos recuerda lo ineficientes y flojos que somos los colombianos, pero lo bien que se nos da armar fiestas institucionales cada Halloween, Navidad, Carnavales, día de la Secretaria, de la Mujer, de la Madre, del Padre o las horas que gastamos al día tomando tinto y quejándonos de lo mal que trabajan los vecinos de puesto. Y no hay nada más cierto.
De acuerdo con un estudio publicado por la OCDE en el 2019 y realizado en 20 países pertenecientes a esta organización, Colombia arrojó el peor puntaje en el balance entre vida y trabajo con un total de 0,9%. No contentos con eso, dentro de la OCDE somos el país con el peor nivel de productividad. Es decir, trabajamos más de la cuenta y somos altamente ineficientes.
Algunos me dirán que es que la plata no alcanza. Y claro que no alcanza, porque además tenemos una pésima educación financiera. Cuando no nos gastamos la plata en cerveza nos la gastamos en ropa y cosas inútiles, tarjeteando nuestras depresiones que son el resultado de nuestra obsesión por el trabajo. Nadie entiende cuando le dicen que la tasa de interés de su tarjeta de crédito es del 28% efectivo anual. Nadie. Igual eso no importa siempre que nos den el cupo suficiente para comprar el último celular. Somos la sociedad del eterno endeudamiento y aun peor, pues mientras nuestros padres y abuelos se endeudaban al menos en una casa, nosotros lo hacemos en esa hamburguesería con lamparitas de bombillos tenues, en esa tienda de ropa de marca española pero made in Taiwán o en la tienda Mac.
Pero lo que más me preocupa, en serio, es esa gente que se cree mejor que el resto porque trabaja en exceso, porque no duerme y se jacta ante los demás sólo de su inagotable capacidad de trabajo y, claro, no tienen más tema de conversación. Yo fui víctima de eso, de lo que Byung-Chul Han llamaría la autoexplotación y créanme, aparte de que siendo joven ya tengo el azúcar alta, estoy tratando ahora de ser una mejor persona. No les digo que cojan ejemplo de mí, pero les recomendaría, si me lo permiten, primero que iniciaran terapia psicológica porque, seamos realistas, la mayoría somos poco inteligentes para tomar buenas decisiones. Duerman más, hagan yoga, lean más, vayan más a cine, dejen de hablar mal de la gente, viajen más, en resumen, tengan una vida digna. Eso sí, trabajen bien y mejor, aprovechen más el tiempo laboral para que eso les permita continuar con su vida. En Europa ya han empezado a implementar jornadas de trabajo de 4 días a la semana, práctica que seguro no llegará a Colombia sino en unos 50 años como mínimo, si nos va bien, porque como decía Julio Flórez, todo nos llega tarde, hasta la muerte.
Alguna vez le escuché al hermano de un amigo decir: trabajo que no deja ver novela no es trabajo. Yo ya no veo novelas, pero sigo creyendo que tiene toda la razón.
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