Castigo de dictadores

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co



El peor castigo para los dictadores puede ser el de sobrevivir a su propia dictadura.

Por el tiempo que sea, hasta su muerte, llevan a cuestas el fardo de sus memorias, la viudez del poder y la añoranza de las alabanzas que contribuyeron al vértigo de sus días de gloria. Su conciencia será como un abismo de oscuridad insondable, labrado desde el momento mismo de la toma del poder, o a lo largo de la deriva de elecciones amañadas hacia el absolutismo.

El mismo día que Mohamed Bouazizi, un humilde vendedor ambulante de verduras, se prendió fuego y murió en una calle de Sidi Bouzid, cuando la policía lo maltrató al decomisarle brutalmente los productos de su carreta, comenzó la retirada de Zine el-Abidine Ben Ali, el dictador que desde 1987 dominó, sin contrapesos ni piedad, la vida tunecina. En ese momento nació la “primavera” que se extendería hacia otros países de la familia árabe, aunque solamente en Túnez consiguiera hacer efectivamente el tránsito hacia un esquema democrático de ejercicio del poder, como intento avanzado de resolución de problemas profundos.

Como ha sucedido con el liderazgo contemporáneo en otros parajes del Africa mediterránea, Ben Ali participó en las luchas propias de la lucha contra el colonialismo europeo, en este caso al lado del legendario Habib Bourguiba, líder de la resistencia que en 1956 puso fin a la dominación francesa. Llegados al poder, hizo carrera al interior del nuevo establecimiento, hasta que terminó por deponer a su mentor, después de haber sido Primer Ministro, Ministro del Interior y jefe del Servicio Secreto, entrenado en los Estados Unidos. Desde el golpe incruento que lo llevó al poder, fue consentido de Occidente, que lo aclamaba por ser capaz de controlar el país, y ganó todas las “elecciones” que él mismo organizaba, con el favor de más del noventa y nueve por ciento de los votos. Victorias acompañadas de tortura, destierro y muerte para sus enemigos.

Una ostentosa apertura económica, centrada en el turismo y la industrialización, vino a complementar la faena del asalto del flamante presidente a su propio país, en cuanto su familia y sus amigos monopolizaron las oportunidades de negocios, además de exigir “participación” en las ganancias lícitas de los demás. Así se configuró un estado de dominación que no supo tomar en serio las protestas que siguieron a la muerte del vendedor de verduras que representaba la realidad de la vida cotidiana de la gente del común.

Desde el momento de su huida hacia Arabia Saudita, hasta su muerte, la semana pasada, a los ochenta y tres años, Ben Ali arrastró la carga de su propia historia. Los saudíes no quisieron acceder a su extradición, para que cumpliera en Túnez la condena a cadena perpetua que le impusieron los tribunales de su propio país. De manera que solo pudo recibir, si es que lo hizo, el castigo de su conciencia, por haber usurpado el poder, pretendido encarnar de manera excluyente la voluntad popular, y reprimido a sus enemigos a nombre de unos valores que no encarnaba.

El proceso de Túnez, donde ahora avanzan en el proceso de nueva elección presidencial para reemplazar al nonagenario Beji Caid Essebsi, democráticamente elegido, y quien también acaba de fallecer, pone en evidencia la disparidad del destino de los movimientos de una “Primavera” que en otros casos no fructificó. Al menos en Túnez fueron capaces de ir más allá de la salida del dictador, y produjeron un proceso de reconciliación que les permitió, merecidamente, el Premio Nobel de la Paz, conferido a un “Cuarteto de Diálogo Nacional”, integrado por organizaciones de la sociedad civil, en representación de los sindicatos, los industriales, los comerciantes y los luchadores por la vigencia de los derechos humanos.

Mientras en los otros países árabes no se avance en el sentido de la democracia, sigue vigente una lista de quienes, algún día, se verán obligados a abandonar el poder. Si sobreviven, sobre ellos caerá ese castigo implacable que se deriva del hecho de no haber sabido leer la historia hacia adelante, obligación que todo gobernante, cualquiera que sea el origen de su poder, debe tener en mente desde el primer día de su ejercicio del poder.



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