La prosternación en vano

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



La lambonería (coloquialismo cristalino) suele emerger a diario como un compartimento de la identidad colombiana profunda. Exagerando un poco, podría incluso decirse que, para algunos, ello es todo un modo de vida, un sistema, una estructura mental.

Cuando uno se pone a pensar en la vacuidad que deja el esperado aporte criollo a la civilización, llueven en el recuerdo todas estas imágenes acumuladas que ha producido tradicionalmente la adulación metódica de los lambones, empleada por dichos sujetos en la obtención de beneficios personales, normalmente transitorios, útiles para su hartazgo. ¿Se requeriría acaso una explicación antropológica? Debe preguntárseles a los que saben por qué aquí no pegó mucho eso de la confianza en las propias capacidades (a diferencia de otras naciones latinoamericanas, menos propensas a la flaqueza de ánimo), y sí prosperó su opuesto: el facilismo de cobijarse a la buena sombra ajena. 

¿Un ejemplo? Claro. ¿Qué tal uno emblemático: el del actual presidente de la República, al que también se conoce con el mote de “subpresidente Iván Duque”? Tanto sus actos de gobierno, como su conducta personal, enseñan que el trato que le permitió agenciarse la jefatura del Estado se urdió a partir de la promesa incondicional de “no insubordinación después de la posesión” a Álvaro Uribe, girador de la orden de pago electoral que en mala hora lo eligió. Este acuerdo se ha cumplido fielmente, me parece. (Lo anterior habla pestes de esta sociedad porque dentro va envuelta la comprobación de la tesis –nada ilusoria- de que aquí el que triunfa, o logra réditos, es el impuesto, el designado hijo de fulano, el que sirve para concertar alguna colusión, etc., y no quien ha tenido el coraje de ser independiente. ¿Qué vale en Colombia y por qué?).

Pero nada de esto importa, ¿no es así? Es decir, el presidente es, y será por tres años eternos más, Iván Duque, “duélale a quién le duela”. Pues bien. Todo parece indicar que tan sonoras ligerezas aldeanas poco y nada representan en el mundo de allá afuera, donde otros pugnan por adelantarse a ejercer un dominio real sobre países como este, en los que se captan votos con discursos irracionales, vetustos…, ridículos. Así, al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, como que no le interesa quién es o no Uribe, o el mismo Duque, y, sobre todo, cuánta disposición a hincarse tales albergan para complacerlo. A Trump, digno líder de los suyos, lo mueven los resultados (y por resultados me refiero a logros que lo favorezcan a él), y no las maneritas obsecuentes ante los poderosos que por estos rumbos ayudan a ganar cosas.

Ninguna gracia que satisfaga a los gringos podrá Duque ofrecerles, porque ellos son un barril sin fondo. (La paradoja es que tampoco gobierna para este lado: podría, digo yo, combatir los cultivos de coca sin glifosato, evitar que vuelvan los “falsos positivos”, no meterse en los asuntos de Venezuela, etc.). Apenas será el muñeco de práctica de boxeo del republicano en campaña, que lo sabe débil: si tuviera al menos la misma seriedad de su antecesor, sería, no aplaudido, pero sí respetado por Trump. Ya lo dijo Winston Churchill, sobre la encrucijada británica ante Adolfo Hitler: “Quien se humilla para evitar la guerra, se queda con la humillación y con la guerra”. Esto lo han coreado los peones del Centro Democrático, pero –qué raro- nada más a la guerrilla.



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