Cismas del nuevo milenio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co



Dos milenios han sido suficientes para comprobar que el cristianismo puede resistir todo tipo de interpretaciones, y que su mensaje espiritual sobrevive, a pesar de la intromisión recurrente de propósitos políticos.

Todo haría pensar que, a ese paso, seguirá siendo capaz de resistir los embates de quienes se valen de la militancia popular cristiana para fortalecer su identidad nacional, o para ejercer actitudes imperiales. Tal vez el secreto radica en que, quienes apelan a los dogmas de fondo y reafirman su militancia en torno a ellos, todo lo que hacen es fortalecer el conjunto de las iglesias. Otra cosa son las diferencias, sutiles, entre los protagonistas de la apelación a la religión, que así como aparecen se pueden desvanecer.

El Cristianismo Ortodoxo acapara el mundo griego, con su enorme y larga expresión de herencia bizantina, lo mismo que diferentes versiones del ruso, el bielorruso, el ucraniano, el georgiano, el rumano, el búlgaro, el serbio, y otros de los eslavos del sur. Esa versión del cristianismo, cuya trayectoria ininterrumpida se remonta por el lado oriental a Jesús y sus apóstoles, ha tenido que afrontar a lo largo de los siglos dos batallas principales: una frente al islam, la otra frente a diferentes versiones de sí misma.

No solamente en las variantes anteriores, sino en las de minorías que subsisten en Albania, Bosnia, Kirguistán, Siria y Cisjordania, la ortodoxia cristiana ha vivido, y vive, en la frontera más activa con el islam.

La otra batalla, entre ortodoxos, luego de la ruptura con los católicos romanos en 1054, no ha sido menos intensa. Ahí figura la tremenda disputa por las imágenes, que para bien del arte ganaron los amigos de la representación en iconos que, desde hace más de mil años, nos muestran esas figuras espléndidas de ojos tranquilos y manos serenas que, aunque no se quisiera, llaman al respeto o la veneración.

El origen de las disputas dentro del mundo ortodoxo no ha tenido que ver necesariamente con asuntos que se encuentren en las profundidades de la teología, la filosofía, la cosmología o la liturgia. La ausencia de una figura como la del Papa, propia del catolicismo romano, impide esa especie de soberanía peculiar del Vaticano y admite más bien la existencia de “Iglesias Autocéfalas”, esto es con cabeza propia.

Esa modalidad de organización entra en complejidades mayores si se tiene en cuenta el espectro de las posibilidades de acción autónoma de las catorce o quince iglesias auto autocéfalas, de su reconocimiento mutuo y de una especie de obligación de actuar de común acuerdo, o al menos de no interferir en los asuntos de otras, en diferentes materias.

Es aquí, en ese complejo panorama, donde aparecen realidades de armonía y conflicto que saltan de vez en cuando. Como ahora, cuando al impulso de la intención del gobierno actual de Ucrania, en confrontación con Rusia, la iglesia ucraniana busca separarse de su afiliación histórica al Patriarcado de Moscú, que a su vez acentúa sus discrepancias con el de Constantinopla, reconocido hasta ahora en el mundo ortodoxo como “Primo inter pares”, por ser heredero de la Iglesia Bizantina, sostén del Imperio Romano de Oriente desde que el Emperador Constantino la entronizó como uno de los pilares de su proyecto político.

La disputa entre Kiev y Moscú ha terminado ahora, aparentemente, con la decisión que tomó Bartolomé, “primero entre iguales” y Patriarca Ecuménico de Constantinopla, en el sentido de reconocer que Ucrania puede tener una iglesia autocéfala, independiente de la de Moscú. Decisión que ha producido nada menos que el desconocimiento de la primacía de Constantinopla por parte de la Iglesia Rusa, cuyo Patriarca Kiril ha considerado la decisión como catastrófica.

Moscú, con su sueño, pretensión y convicción, de ser la “Tercera Roma”, luego de la de Italia y la del Bósforo, recibe un duro golpe con la separación de la iglesia ucraniana y al tiempo da uno no menos duro a la organización y la ortodoxia mundial.

Ahora se ve nítidamente cómo, para una iglesia milenaria, setenta años de paréntesis solo consiguieron su fortalecimiento, por lo cual su significación llega a puntos clave para el futuro de cada país y de las relaciones entre los dos. Como lo han entendido muy bien Vladimir Putin y Petro Poroshenko, los presidentes de dos países que, a la manera de los viejos emperadores de la región, comprenden que la motivación religiosa llega más profundamente que cualquier otro mecanismo de afiliación, al alma de los pueblos. Para bien o para mal.



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