El tiempo no perdona

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



Desde hace mucho tiempo escuché que los hechos son los que dan la razón en cuanto al verdadero destino de los pueblos. Por eso el tiempo termina siendo el juez implacable de todos aquellos que promovieron y promueven con sus firmas de manera indiscriminada las cada vez más abundantes concesiones mineras. Me refiero a aquellos que con ánimo patrimonialista (de enriquecimiento personal o familiar) no responden (ni responderán mañana) por los daños al medio ambiente y la descomposición social que se genera como efecto secundario de este tipo de actividad. Así mismo, aquellos otros que no fueron ni son capaces de luchar o defender tanto el patrimonio territorial como el bienestar colectivo permaneciendo sumisos al extravagante poder del dinero cuando existieron y existen suficientes razones para rebelarse. Tanto los de arriba como los de abajo (con razones diferentes) no hicieron ni hacen nada por defender la tierra en que nacemos o la gente con que crecemos.

En Ciénaga hemos visto cómo los ríos Córdoba y Toribio se han venido convirtiendo en hilos famélicos que desdicen de lo conocido por nuestros padres y abuelos. Hoy estas empresas tienen la oportunidad de usar sus aguas para regar el carbón sin pagar un peso al ente territorial. Otras abusan del llamado material de arrastre. Igual ha venido ocurriendo con el probado deterioro marino por culpa del polvillo del carbón. Esto ha llevado a los aún persistentes pescadores a una prédica indemnizante que no alcanza a tener resonancia alguna en los oídos de los gobernantes y de los explotadores/exportadores del carbón.

Visto satelitalmente, en el territorio cienaguero se observa, en su parte nororiental, un par de "manchas negras" (Puerto Vale y Drummond Ltd) que se vienen acrecentando. Una indeseable "condición Dálmata" que se hará aún más invasiva bajo la intención del actual alcalde (acompañado por una casi mayoría absoluta de concejales en campaña y de un grupo de dirigentes comunales "de bolsillo") al buscar expandir aun más el área de acopio del carbón (de la "condición Dálmata" pasaremos a la "condición Doberman"), llevándose de canto toda una zona rural (Cordobita) cuya vocación ha sido agrícola. Siempre llevará un signo de interrogación el papel que ha venido desempeñando la autoridad ambiental de la región (Corpamag) que se ha mostrado muy solícita ante cuanta compañía que solicita licencia o permiso para intervenir sobre nuestro territorio.

Algún día, todos terminaremos dándonos cuenta del desierto o "peladero" que estamos construyendo para el padecimiento de muchas generaciones y el enriquecimiento de unos pocos. Como si fuésemos proxenetas de esquina, se nos paga con unas nimias regalías por el uso y el abuso del cuerpo territorial. Amén del continuo robo que muchos de nuestros alcaldes han venido haciendo de las regalías bajo la vista gorda de ciertas autoridades de control. Por eso es inocultable que no han podido doblegar la pobreza que hace que nuestros pueblos vivan en una condición deplorable por la falta, entre otras, de alcantarillado, de agua potable, de políticas sanitarias y de una educación de buena calidad.

Desde el punto ambiental, no cabe duda que el transporte del carbón en el área de Santa Marta y Ciénaga (por la forma como se ha venido haciendo), produce serios impactos en la salud humana y en los ecosistemas tan frágiles como lo es el marino. Todos estos efectos generan (desde el punto de vista antrópico) un deterioro de la calidad de vida de los pobladores, estimulación de la prostitución y la drogadicción, afectación de la salud (neumoconiosis de carbón), alteración del corredor turístico (por eso el Alcalde de Ciénaga no ha vuelto a hablar del rimbombante proyecto turístico de "Las Cuatro Aguas"), congestión vial, contaminación del aire y altos riesgos de accidentalidad. Y en cuanto al medio ambiente y los recursos naturales, produce una extinción de la fauna local y de la vegetación y una demostrada contaminación de los suelos. Ello significa deterioro de la calidad ambiental del área afectada y desvalorización de terrenos y de la infraestructura de servicios turísticos.

Amanecerá y veremos. Los hechos desde hace rato nos están diciendo quien tiene la razón. En este caso las estadísticas son peripatéticas y gélidas como el ambiente que se vive en los cementerios. Por el contrario, una sociedad con justicia y progreso es aquella que preserva la dignidad de la gente estimulando la participación ciudadana y protegiendo su medio ambiente para decidir sobre el bienestar colectivo siempre ofrecido con tanta locuacidad por los políticos pero nunca alcanzado por nuestros pueblos.



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