No hay peor ciego…

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



La filósofa ruso-norteamericana Ayn Rand ofrece ciertos indicadores en "La rebelión de Atlas" para darnos cuenta de la decadencia de una sociedad:

"cuando usted advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada al colapso..."

Uno de los síntomas más reveladores de una sociedad decadente es la ocultación de la realidad: es cuando preferimos pensar y actuar como si fuésemos anticuarios, arcaicos, o restauradores de un pasado que no pertenece de igual manera a todos. Un pasado impuesto: considerado erróneamente unívoco, unicéntrico e incluyente.

Entonces naturalizamos nuestra febrilidad de gran o de pequeña patria con el almíbar estereotipado del "aquí hubo…" o del "aquí había…". O que siempre hemos sido los primeros en todo y los otros siempre han sido segundones o copiones. Es cuando elaboramos un discurso basado en lugares comunes, o en la mordaz sátira, o en los recurrentes rumores con la osadía de escamotear lo verdadero.

Todavía en el tercer milenio buena parte de nuestras comunidades son víctimas de demonios mitológicos que las desembocan en una falsa conciencia. A la tierra de la sal de espuma y del polvillo del carbón (Ciénaga) le ha venido ocurriendo algo parecido a lo contemplado en el mito de las hermanas Grayas: los ojos de los ciudadanos han sido hurtados por quienes atropellan con el poder. Se prefiere optar por la complaciente tranquilidad dada por el sentido común… en vez del buen sentido.

Complace el saber que en el infierno de la miseria todos somos igualados. No se decide siquiera liquidar el muerto porque representa una rica ocasión para vacar. Por el contrario, se le resucita por medio de prescripciones vaporosas, vagarosas y mohosas. Se repite entonces la misma monserga que nadie escucha ni entiende.

Hablamos de lámparas de cristal, gobelinos, pianos de cola y de retratos del reinado de Bélgica. O de los reinados de belleza de la época dorada del banano. El futuro, implorado, se advierte mejor, pero por desgracia nunca llega. Se vive con la esperanza de la engañifa de las diestras manos del politicastro o del burócrata que nos hacen embestir el aire detrás de la muleta.

Terminamos entonces aceptando un "modelo mental" destructivo: un modelo mental perverso que induce a la asimilación acrítica de pautas autoritarias entre élites y gobernados; que estimula el interés por creencias subjetivas, la estigmatización de ciertos espacios de reflexión y favorece la adaptación de expresiones patrimonialistas y delictivas; que convierte en paradigmas sociales el todo vale y el mal menor.

Manifestaba Estanislao Zuleta en "Elogio de la Dificultad", que la pobreza de la imaginación nunca se manifiesta de manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad o el futuro. La gente ante la pereza o la impotencia prefiere inventar paraísos, islas afortunadas, pueblos o países de cucaña. Dice Zuleta que el iluso prefiere disfrutar una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y, por lo tanto, también sin carencias y sin deseos: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición.

Metas inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas si no fuera porque constituyen el modelo predominante de nuestros anhelos en la vida. Es imprescindible cambiar esa mentalidad que procura la búsqueda de salvadores mesiánicos.

De demagogos o populistas. De iluminados constructores de nidos de amor para que les entreguemos en comodato la responsabilidad de pensar y de actuar de modo propio, en vez de desear una sociedad en la que tengamos que trabajar arduamente para hacer efectivos nuestros ideales. Debemos desconfiar siempre de ofrecimientos de mañanas radiantes en reinos de mieles.

Hay que poner siempre una interrogación en las propuestas fáciles, sobre todo, en aquello que no exija un compromiso. En ningún momento, como ahora, el futuro de nuestras sociedades depende tanto de nosotros mismos.



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