Caneva: el maestro que no conocí

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



Este año hará un cuarto de siglo que murió el escritor banqueño-cienaguero, Rafael Caneva Palomino. Llegó a Ciénaga en 1934, con la edad de 20 años, procedente de Bogotá, donde había abandonado sus estudios universitarios.

Fue entonces el comienzo de una labor fecunda durante medio siglo en la que frecuentó con su pluma el periodismo, la docencia, la historia y, sin excepción, todos los géneros literarios.

Razón suficiente para que quienes fueron sus discípulos (aquellos que bebieron en su ilustrada fuente bajo la sombra del celestino tamarindo enraizado en el centro del patio de su vieja casona) y quienes, desde la distancia, apreciamos su sabiduría y creatividad, procuremos un espacio de reencuentro con la vida y obra del escritor incansable.

En consecuencia, sus familiares, amigos y partidarios, hemos considerado exaltar su memoria los días 29 y 30 de abril por medio de un 'Ciclo de conferencias y ensayos' sobre las diferentes facetas que en vida explayó el maestro Caneva Palomino.

Su obra literaria ha sido amplia y diversa. Muchos son los títulos en poesía, en narrativa y en cuento. También fue prolífico en el ensayo social e histórico. En sus libros siempre se alinderó al lado de las causas sociales. Manifestó sin tapujos una mirada socialista sobre el mundo, lo que lo hizo defensor de los seres marginales.

Dejó, al morir, cerca de una veintena de títulos sin publicar. Caneva Palomino, además de escritor fue un combativo periodista. A mediados del siglo pasado, en plena época de la violencia, actuó como director y editor de Magdalena Liberal, un periódico regional de oposición al régimen conservador en el poder.

Fue fundador y director de la Casa de la Cultura Popular Mediodía, en Ciénaga, donde logró agrupar a varios cienagueros y cienagueras bajo el saludable propósito de una producción intelectual permanente sobre temáticas que determinaban el acontecer de la tierra cienaguera y del Caribe colombiano.

Allí participaron María Teresa Rincón de Caneva, Luis Páez Mares, Elías Eslait Russo, Iver Pernet Infante, José Manuel Elías Cabana, Chepa Pertuz, Larissa Caneva Rincón, Orlando Cantillo, Rafael Ernesto Caneva, Ángel Almendrales, Hugues Olivella, Rafael Candanoza Escobar, Faro Sabaraín, Rafael Pacheco Vargas, Julio Silva Bolaños y Carlos Mateus Garcerant. Luego se fueron sumando otros y otras que harían la lista interminable. En Ciénaga, su descomunal casa fue una escuela abierta, y su patio, un obligado lugar de cita de las ideas por más de tres décadas.

No es la primera vez que me refiero al papel jugado por Caneva Palomino en la historia social y cultural de Ciénaga. En el prólogo de mi libro Una historia que ha sido mal contada. La Aldea Grande: un pueblo que nunca existió, me referí al maestro como un hombre que insistió en la importancia de derivar los momentos de la historia de las condiciones materiales en que se desempeñan los hombres.

Decía que la economía era la base de la historia. Su concepción lo llevaba a pensar que la vida económica condicionaba los acontecimientos de lo social y lo cultural. Las tres etapas de las que hablaba sobre la evolución histórica de la sociedad cienaguera, a saber: precolombina, criollaje y modernidad capitalista, las sustentaba como resultado del "modo de vivir que la economía estructura a su conglomerado social", con su modo de pensar, con sus ideas... El maestro visionó en su momento los elementos necesarios para construir identidad y pertenencia social de un pueblo.

Admitió en sus escritos el deseo para que "el cienaguero pueda afirmar que es dueño de una historia puesto que Ciénaga tiene su propia historia…". Se nota entonces una voluntad de rompimiento con aquellos escasos y fugaces esbozos escritos con anterioridad sobre la pequeña historia de Ciénaga.

En efecto, promovió una historia no limitada a la memorización de nombres de ciudades o de personajes famosos, de fechas o lugares, sino una mirada crítica que permitiera identificar las causalidades y correspondientes efectos y, a la vez, jerarquizar los hechos con sus relaciones particulares y relaciones generales. Decía que cuando damos paso al modelo tradicional de recrear la historia, terminamos basándonos en lo anecdótico y acontecimental.

El conocimiento de la historia se torna entonces memorístico, repetitivo y limitado. Y lo que es supremamente grave: no sabemos relacionar los aspectos del pasado con los del presente. Con la vida propia o la cotidianeidad de nuestros pueblos.

El reto propuesto por Caneva Palomino fue, como lo he dicho, el de romper con la pretendida intención de hacer una historia neutra, basada en una sucesión de personajes y de hechos ausentes de crítica.

De los casi diez años que llevo estudiando la historia cienaguera, confieso que me he sentido mucho más identificado con lo escrito por el maestro Caneva Palomino. Repito y repetiré que el maestro ha sido, entre todos, el de mayor amplitud visionaria y militante. Y esa es la razón por la que más lamento el no haberlo conocido. El no haber podido compartir las tertulias del mediodía donde esbozaba meritorias consideraciones. Sin embargo, su obra escrita vivifica y alienta.



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