Cuando salga esta columna ya se sabrá con certeza quién es el presidente de Colombia. Por el bien del país debemos aceptar la decisión de la mayoría de la pequeñísima minoría que votará. Buen viento y buena mar al Presidente.
Los colombianos todos quedamos agotados y al borde de un colapso nervioso debido a la intensidad de la campaña y a todo lo que sucedió en esta. Tanto así, que ha hecho carrera la idea de que esta fue la contienda electoral más sucia de las últimas décadas. Creo que es una apreciación simplista.
En cuanto a los planteamientos ideológicos, pienso que lo ocurrido en el mundo desde la caída del Muro de Berlín y la adopción de un sistema económico capitalista en China, saldó todas las discusiones que predominaron durante la guerra fría: Libre mercado o economía centralmente programada, democracia o dictadura. Triunfó la libertad. Hoy existe consenso en que el libre mercado y la democracia son los sistemas más deseables, aunque también se reconoce la necesidad de que los gobiernos intervengan para corregir las equivocaciones del mercado.
Este consenso se está finalmente trasladando a la arena política y por esto vimos que no hubo grandes diferencias de pensamiento económico entre los candidatos presidenciales. Este consenso ideológico explica también de alguna manera el fracaso de la lucha guerrillera, que se quedó sin argumentos para sustentar su lucha armada. En gran parte del mundo las discusiones hoy se centran alrededor del tamaño del asistencialismo social, quien debe pagarlo y la disminución de la desigualdad social.
Nuestro país desde siempre se ha caracterizado por la virulencia y excesos de todo tipo en el ejercicio de la política. La percepción que se tiene de la reciente campaña se debe a que esta fue la primera campaña presidencial moderna. Una campaña que se da en el mundo del Twitter, del Facebook, de los teléfonos inteligentes, Instagram y muchos otras herramientas tecnológicas.
Esta omnipresencia de la tecnología en nuestras vidas hace posible estar conectados veinticuatro horas al día con el mundo, y participar y enterarse al instante de lo que sucede. La participación ciudadana, aunque no se traduzca en votos reales, se está dando de una manera distinta porque hoy es claro que los cambios sociales y políticos pueden ser impulsados desde estos medios. Muchos compatriotas por tiempo largo e ininterrumpidamente no le dieron descanso al Twitter y trinaron de más, lo que los llevó a un punto de saturación y cansancio que no había observado antes. Hoy están sufriendo un verdadero guayabo electoral.
Hoy nuestros deseos, obsesiones y miedos son susceptibles de ser amplificados a una escala absurda. Consecuentemente, un debate presidencial, hoy, es magnificado exponencialmente por los medios masivos modernos Los políticos han sido lentos en entender las implicaciones, buenas y malas, de ser político en esta era tecnológica. Por esto tenemos la impresión de que tuvimos la campaña electoral más sucia de los últimos tiempos, cuando en realidad lo que sucedió es que fuimos arrastrados por un tsunami informativo.
Ni que decir que la tecnología también permite abusos que antes no eran posibles a las escalas que observamos hoy. La tentación de saber lo que piensa o hace el contradictor o enemigo, con una alta probabilidad de no ser descubierto, no es fácil de resistir, y por eso lo que sucedió.
Como corolario de todo lo dicho, los políticos tienen hoy el poder de causar un daño inmenso aun sin proponérselo. Por ejemplo, la guerra de acusaciones y escándalos entre los candidatos aumentó significativamente la desconfianza hacia las instituciones y hacia quienes nos gobiernan, y colocando en entredicho la legitimidad del mandato de quien sea hoy el presidente de Colombia. Es un daño grave.
Hacer política en la era de la tecnología exige una mayor responsabilidad y un mayor compromiso ético de quienes quieran ejercerla profesionalmente. Hoy no hay temas parroquiales ni ocultos. Todo lo que ocurre es insumo de consumo global en tiempo real. Millones de ciudadanos tienen hoy la capacidad de influir y ser influidos en microsegundos.
Mirando al futuro, ojalá que los políticos asimilen y entiendan debidamente este nuevo contexto social y su relacionamiento tecnológico para que no le ocasionen daño a la sociedad.
Política en los tiempos del Twitter
Columna de Opinión
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