El factor emocional en la pandemia

Editorial
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En todos los países sin excepción, desarrollados y de menor avance social, el balance de muertos como consecuencia de lA Covid 19 es triste y desolador. A más de ello la secuela de este enemigo invisible ha sido mental, psicológica y psiquiátrica, es decir de carácter emocional; no ha importado la edad, ni el sexo, ni la raza, ni la condición social.

Se han afectado niños, jóvenes y adultos mayores; pero los párvulos y los de avanzada edad han sufrido más. Los menores necesitan jugar con sus amigos y compañeros de Colegio. Ordinariamente su plan no es otro que correr, gritar, hacer ejercicio. Algunos practican deportes, en fin se están continuamente socializando lo cual es parte esencial en su desarrollo físico, de su intelecto y de su alma.

Ahora bien, las personas con juventud acumulada, a quienes el deporte las ha abandonado, requieren por lo menos caminar como único ejercicio. Al salir cambian de ambiente, respiran otro aire, reciben sol y luz, se compenetran con la naturaleza y se sienten revitalizados. Por su reclusión, surgió la rebelión de las canas.

Con el encierro se incrementaron las depresiones y los desequilibrios emocionales, los cuales originaron divergencias familiares, diferencias notorias en sus trabajos, en suma surgió la necesidad urgente de ir al especialista médico. Pero los mayores de edad igualmente padecieron circunstancias humanas negativas. Por ejemplo las parejas al permanecer juntas tanto tiempo entraron en cuestionamientos, en mal humor, en desavenencias. Hasta el punto de que por ello se incrementaron los divorcios.

De ahí la importancia de la inteligencia y el control emocional. Una persona equilibrada soporta las inclemencias del tiempo, logra productividad y eficiencia en su actividad laboral, siempre está con buena cara, refleja optimismo y por consiguiente jamás va a estar con estados depresivos. En la vida primero es menester conocerse así mismo, saber que quiere, en qué le va bien, identificar sus fortalezas y sus debilidades con el objeto de aumentar o explotar las primeras y disminuir o extinguir al máximo las segundas.

En los ejércitos el factor emocional es de tal naturaleza y dimensión, que unos soldados motivados son capaces de grandes hazañas. Se sobreponen a todas las exigencias físicas. Actúan con abnegación, sacrificio y lealtad a su Patria y a sus superiores. El criterio napoleónico en el manejo castrense que impera en los ejércitos de tierra, mar y aire de los sistemas democráticos, se fundamenta en la prioridad, esto es primero mi tropa, mis soldados, luego los primeros rangos, después los oficiales subalternos y superiores y por último sus Generales. La diferencia de los Generales con la clase política es que los militares quieren lo que hacen y los políticos con algunas salvedades aspiran a llegar a las corporaciones legislativas para hacer lo que ellos quieran.

En el mundo de las empresas un buen jefe es quién logra que sus subalternos sientan su empresa, la valoren y consecuentemente adquieran sentido de pertenencia. Para ello ese Gerente debe pensar en su principal materia prima, es decir sus empleados, porque gracias a ellos alcanzan sus ganancias. De ahí el pensamiento empresarial expuesto por primera vez por el gran Estadista colombiano Alberto Lleras consistente en la responsabilidad social la cual hoy debería constituirse en la razón de ser de todas las empresas. El empresario que no posee estos principios tan solo da origen a que sus subalternos apenas laboren por la necesidad; sin mística, sin ganas, sin espíritu de colaboración.

Muchos dirigentes empresariales en el mundo y en Colombia mostraron con motivo de la situación pandémica esas virtudes. La preferencia sus empleados más que sus utilidades, por tanto estas deberían servir para cubrir los salarios, las primas y las bonificaciones. Estamos seguros de que una vez se vaya normalizando la producción y la rentabilidad de las fábricas y sociedades lucrativas los funcionarios, dependientes y trabajadores agradecidos estarían dispuestos a recibir temporalmente la mitad de sus emolumentos, con tal de que siga funcionando su factoría o empresa.

El ser humano por principio y por naturaleza es grato y reconocido. Desde luego hay excepciones que confirman la regla. De todos los errores habidos y por haber es la ingratitud junto con la deslealtad el más condenable y oprobioso.
Infortunadamente no cabe duda de que existen los ingratos.


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