Crucifixión, el castigo más bárbaro de la Antigua Roma

Los clavos y la corona de espinas que lesionaron su cuerpo, añadieron un dolor difícil de imaginar al suplicio de Cristo en la Cruz. (Foto: Freepik).

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Los vestigios arqueológicos y restos óseos encontrados recientemente revelan detalles turbadores sobre la crueldad de este método de pena capital de carácter infamante, cuya víctima más famosa ha sido Jesús de Nazaret y que los antiguos romanos aplicaron durante siglos a los agitadores, esclavos y sediciosos.

Jesús murió clavado en una cruz, alrededor del año 30 o 32 de nuestra era, mediante una pena de muerte habitual en los tiempos del Imperio Romano y considerada como el método de castigo más bárbaro que se aplicaba en aquella época antigua: la crucifixión.

Aunque este método de pena capital también fue aplicado por otras culturas de la antigüedad como los persas, los seléucidas y los cartagineses, la crucifixión se asocia principalmente con el imperio centrado en la ciudad de Roma, y su víctima más famosa ha sido Jesucristo, al quien Poncio Pilato mandó ejecutar por crucifixión, según diversas fuentes históricas. 

El clavo de hierro atravesando el hueso del talón del esqueleto 4926, después de su lavado. (Foto: Albion Archaeology).


La crucifixión estuvo vigente desde aproximadamente el siglo VI antes de Cristo (a. C.) hasta el siglo IV después de Cristo (d . C.) cuando Constantino el Grande, el primer emperador cristiano, la abolió en el Imperio Romano a principios del siglo IV d.C., de acuerdo a la Enciclopedia Británica (EB).

La persona condenada generalmente era azotada y obligada a arrastrar la viga transversal hasta donde estaba el poste. Allí, sus manos y muñecas eran atadas o clavadas a la viga transversal, que estaba sujeta al poste a entre 2,50 y 3,50 metros sobre el suelo, y sus pies eran atados o clavados al poste, según la EB. 

La muerte de los crucificados, que eran despojados de su ropa antes de ser atados o clavados con sus brazos extendidos al travesaño de la cruz, se producía finalmente por una combinación de circulación sanguínea restringida, insuficiencia orgánica y asfixia, al esforzarse el cuerpo debido a su propio peso, de acuerdo a esta misma fuente enciclopédica.  

Clavo en el talón del esqueleto del crucificado tras ser lavado, junto a una regla con escala centimétrica. (Foto: Albion Archaeology).


“La crucifixión tenía un carácter infamante, por lo que propiamente no podía aplicarse a un ciudadano romano, sino sólo a los extranjeros”
de acuerdo a una investigación dirigida y coordinada por el sacerdote Juan Chapa, profesor de Nuevo Testamento en la Facultad de Teología, de la Universidad de Navarra, UNAV (www.unav.edu), en España.

El crucificado de Givat ha-Mivtar, Jerusalén.

Los comentarios de Chapa sobre los descubrimientos arqueológicos realizados en 1968, en la necrópolis de Givat ha-Mivtar, en las afueras de Jerusalén, donde se encontró la sepultura de un hombre crucificado en la primera mitad del siglo I d.C., dan testimonio de la crueldad de esta forma de castigo, tortura y pena de muerte.

“La inscripción sepulcral permite conocer su nombre: Juan (Jehohanan o Yehohanan), hijo de Hagkol. Mediría 1,70 metros de estatura y tendría unos veinticinco años cuando murió”, según el teólogo español. 

El Viernes Santo, quinto día de la Semana Santa, el cristianismo recuerda la muerte de Jesús de Nazaret mediante crucifixión, una pena capital habitual en tiempos romanos.

Destaca que “no hay duda de que se trata de un crucificado ya que los enterradores no pudieron desprender el clavo que sujetaba sus pies, lo que obligó a sepultarlo con el clavo, que a su vez conservaba parte de la madera”, lo que “ha permitido saber que la cruz de ese joven era de madera de olivo”. “Parece que dicha cruz tenía un ligero saliente de madera entre las piernas que podría servir para que el reo se apoyase un poco, utilizándolo como asiento, de modo que pudiera recuperar algo las fuerzas y se prolongara su agonía evitando con ese respiro una muerte inmediata por asfixia (que se produciría si todo su peso colgara de los brazos sin nada en que apoyarse)”, apunta. Por otra parte, el esqueleto de un hombre crucificado, con un clavo de hierro atravesando el hueso de un talón, encontrado en un cementerio romano desenterrado en el pueblo de Fenstanton, en Cambridgeshire (Inglaterra, Reino Unido), no solo es el único ejemplo conocido de crucifixión romana en las Islas Británicas, sino que probablemente sea el mejor conservado del mundo.

Esqueleto 4926, el hombre crucificado, hallado en uno de los cementerios romanos desenterrados en el pueblo de Fenstanton. (Foto: Albion Archaeology & Adam Williams).


El ‘esqueleto 4926’ fue hallado en el sitio de una antigua planta embotelladora de leche en el pueblo de Fenstanton, durante la excavación en 2017 de cinco pequeños cementerios romanos que albergaban los restos de 40 adultos y cinco niños, con tumbas que datan principalmente del siglo IV d. C., según la Universidad de Cambridge (CAM), que participó en el hallazgo arqueológico.

El análisis dental y mediante técnicas de datación por radiocarbono, efectuado por los arqueólogos, indican que el crucificado de Fenstanton tenía entre 25 y 35 años de edad y una estatura aproximada de 1,70 metros (el promedio para aquella época), y que murió entre el 130 d. C. y el 360 d. C.

El esqueleto 4926 fue enterrado rodeado de doce clavos de hierro y junto a una estructura de madera que se cree era un “féretro” –o tabla de madera– sobre el que pudo haber sido depositado su cuerpo una vez bajado de la cruz, según el equipo de investigadores, que incluye a la doctora Corinne Duhig, osteoarqueóloga de la Universidad de Cambridge.

Portada de la revista British Archaeology donde se publicó el hallazgo de la evidencia física de una crucifixión romana. (Foto: Albion Archaeology).


“El clavo Nº 13, el que penetraba el talón, solo se descubrió en el laboratorio al lavar los huesos. Además, se encontró una hendidura más pequeña junto al orificio principal, lo que sugiere que un intento inicial de clavarlo en la cruz falló”, según Duhig.

Aunque la crucifixión era común en el mundo romano, la evidencia osteológica (en huesos) de su práctica es extremadamente rara, según Duhig, ya que “no siempre se utilizaban clavos (la víctima normalmente era simplemente atada a un travesaño) y los cuerpos no solían recibir entierros formales”.

“Cuando se utilizaban clavos, era una práctica común quitarlos después de la crucifixión para reutilizarlos, descartarlos o darles un nuevo propósito como amuletos”, destaca.

El hallazgo en Givat ha-Mivtar, a las afueras de Jerusalén, de los restos de un hombre crucificado en el siglo I d.C, sepultado con el clavo que sujetaba sus pies y un trozo de su cruz de madera olivo, da testimonio de este cruel castigo. En la gráfica, un arqueólogo junto a la tumba del hombre crucificado descubierta en Fenstanton. (Foto: Albion Archaeology).


“La afortunada combinación de una buena conservación y el hecho de que el clavo quedara en el hueso me ha permitido examinar este ejemplo casi único de una crucifixión de la época romana, que puede ser el “mejor conservado” en cualquier parte del mundo, según Duhig, directora de estudios de arqueología en dos facultades de Cambridge: Wolfson y Lucy Cavendish. “Esto demuestra que incluso los habitantes de este pequeño asentamiento, una tierra salvaje situada en los confines del imperio romano no pudieron evitar el castigo más bárbaro de Roma: la crucifixión”, señala Duhig.

Duhig e Ingham sostienen, que, si bien la evidencia osteológica de que el crucificado llevara grilletes no es concluyente, puede sugerir que el Esqueleto 4926 era un esclavo o había estado encarcelado antes de su muerte, pero recibió un entierro estándar dentro de uno de los cementerios de la comunidad, concluyen.

Ricardo Segura.
EFE – Reportajes

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