Hoy 31 de octubre es el día para festejar a los más pequeños, es una fecha para reflexionar sobre la importancia de proteger, cuidar y educar a los niños. Se celebra la niñez y la inocencia de quienes son el motor de las familias.
En medio de la diversidad de elementos que caracterizan Halloween hoy en día, surge una pregunta esencial que debe ser reflexionada desde una perspectiva católica. ¿Es apropiado que los niños, en su búsqueda de diversión, visiten las casas de sus vecinos exigiendo dulces a cambio de no causar daño, como estropear muros o realizar travesuras? Esta interrogante se plantea en el contexto de la conducta de los demás, y se puede encontrar una guía en las palabras del Señor Jesucristo en Lucas 6,31, que les insta a tratar a los demás como les gustaría ser tratados.
La elección de disfraces de diablos, brujas, muertos, monstruos y vampiros, entre otros personajes relacionados principalmente con el mal y el ocultismo, plantea un desafío moral y religioso. ¿Qué mensaje envían a sus hijos cuando les permiten usar disfraces que parecen contrarios a la sana moral, a la fe y a los valores del Evangelio, especialmente cuando la televisión y el cine identifican estos disfraces con personajes opuestos a estos principios? Reflexionemos sobre lo que Nuestro Señor Jesucristo enseña sobre el mal en Mateo 7,17 y en el monte 6,13, y cómo la Palabra de Dios aborda este tema en 1ª Pedro 3, 8-12.
Los padres de una familia cristiana se enfrentan al dilema de cómo justificar que sus hijos, en el día de Halloween, causen daño a las propiedades ajenas. ¿No sería esto incongruente con la educación que han promovido, que se basa en el respeto a los demás y en la comprensión de que las travesuras o maldades no son aceptables? ¿No sería, de alguna manera, aceptar que al menos una vez al año se puede hacer daño al prójimo? Se encuentran con el desafío de entender lo que Nuestro Señor Jesucristo les enseña sobre el prójimo, según Mateo 22, 37-40.
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Los disfraces y la identificación que los niños hacen con personajes del cine plantean la cuestión de si están fomentando en la mente de los pequeños la creencia de que el mal y el demonio son solo fantasías, un mundo irreal que no tiene relevancia en sus vidas ni impacto en su moral. La Palabra de Dios, en contraposición, afirma la existencia del diablo y del enemigo de Dios, como se señala en Santiago 4,7, 1ª Pedro 5,18, Efesios 6,11 y Lucas 4,2, entre otros pasajes.
Todo esto lleva a la pregunta de qué experiencia religiosa o moral queda después de la celebración de Halloween. ¿No se convierte Halloween en otra forma de relativismo religioso que debilita la fe y la vida cristiana? Si aceptan estas ideas ligeramente en nombre de la diversión de los niños, ¿cómo justificarán más adelante a los jóvenes que acuden a brujos, hechiceros, médiums y otras actividades contrarias a lo que les enseña la Biblia?
Como cristianos, son mensajeros de la paz, el amor, la justicia y portadores de la luz para el mundo. La pregunta que deben hacerse es si pueden identificarse con una actividad en la que todos sus elementos hablan de temor, injusticia, miedo y oscuridad, en contraposición a lo que Jesús enseña sobre la paz, como se refleja en Filipenses 4,9 y Gálatas 5,22, o en Juan 8,12.
Si buscan ser fieles a los valores de la Iglesia Católica, es probable que lleguen a la conclusión de que Halloween no tiene ninguna conexión con su recuerdo cristiano de los Fieles Difuntos. Sus connotaciones se perciben como nocivas y contrarias a los principios fundamentales de la fe
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La perspectiva de la Iglesia Católica sobre Halloween plantea una reflexión profunda y una toma de decisiones para los padres y familias católicas. Mientras que Halloween puede tener raíces católicas en su origen, su comercialización y la pérdida de su significado religioso han llevado a una festividad que necesita ser celebrada con sensatez. La superstición, la brujería y la glorificación del mal deben evitarse.
En última instancia, los padres son los que deben tomar decisiones concretas sobre cómo abordar Halloween, manteniendo vivos sus valores y principios de fe, al mismo tiempo que permiten a sus hijos disfrutar de la festividad sin caer en el neopaganismo.
En resumen, Halloween desde una perspectiva católica es un llamado a encontrar un equilibrio entre la diversión y los valores religiosos, evitando las connotaciones negativas y las prácticas que van en contra de la fe católica. Cada familia católica decide cómo abordar esta festividad, manteniendo sus valores y creencias religiosas en el proceso.