Luego que Jesús se apareció a sus discípulos fue elevado al cielo. Este acontecimiento marca la transición entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. Marca también la posibilidad de que la humanidad entre al Reino de Dios como tantas veces lo anunció Jesús.
De esta forma, la ascensión del Señor se integra en el Misterio de la Encarnación, que es su momento conclusivo.
La Ascensión de Cristo es también el punto de partida para comenzar a ser testigos y anunciadores de Cristo exaltado que volvió al Padre para sentarse a su derecha. El Señor glorificado continúa presente en el mundo por medio de su acción en quienes creen en su palabra y dejan que el Espíritu actúe interiormente en ellos. El mandato de Jesús es claro y vigente: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación”. Por ello, la nueva presencia del Resucitado en su iglesia hace que sus seguidores constituyan la comunidad de vida y de salvación.
La Ascensión de Cristo al cielo no es el fin de su presencia entre los hombres, sino el comienzo de una nueva forma de estar en el mundo. Su presencia acompaña con signos la misión evangelizadora de sus discípulos.
La comunidad pospascual necesitó de un tiempo para reforzar su fe incipiente en el Resucitado. La Ascensión es el fin de su visibilidad terrena y el inicio de un nuevo tipo de presencia entre nosotros.