Octavo día de la Novena a la Virgen de la Medalla Milagrosa

Actividad Religiosa
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La parroquia San José se une a la convocatoria nacional de la Provincia Vicentina, invitando a los fieles samarios a prepararse espiritualmente para la fiesta del 27 de noviembre.

Octavo Día

 Lectura del Texto Bíblico: Hechos 19, 25-27

 “Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cundo llegaron subieron a la estancia superior, donde viían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás: Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos”. Palabra del Señor.

 REFLEXIÓN:

 El Cenáculo es el lugar donde nace la iglesia, y María está allí como al inicio de toda obra de Dios. No ocupa el centro, pero es el corazón silecioso que une a los discípulos temerosos. Su presencia es esencial: memoria viva de Jesús y vínculo de unidad.

En Pentecostés enseña a esperar con fé; mientras otros dudan, ella ora y sostiene la esperanza, preparando el camino del Espíritu.

El Espíritu Santo, que descendió sobre ella en la Anunciación, vuelve ahora a fecundar espiritualmente a la Iglesia. Su maternidad se amplía: de Madre del Salvador pasa a ser Madre de todos los creyentes.

En la Medalla Milagrosa, las doce estrellas sobre su cabeza evocan este momento: cada una representa una comunidad y una promesa cumplida. Son signo de la Iglesia nacida del Espíritu e iluminada por la fe de María, madre ercana que acompaña a su pueblo.

El Cenàculo sigue vivo en toda la comunidad orante y en cada corazón persevernte. María enseña que la esperanza no es huir del vacío sino llenarlo de oración, y que la fidelidad también resplandece como corona del cielo. 


Oración a la Virgen María

Madre, Camino de Esperanza, tú que fuiste iluminada por la fe y creíste en la Palabra de Dios, acompáñanos en esta novena que dirigimos en tu honor, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Que, reunidos en torno a tu Hijo, podamos recuperar la frescura del Evangelio y anunciar con alegría la esperanza a un mundo herido por la división y las discordias.

 Tus rayos nos infunden la certeza de que nuestra historia está en las manos misericordiosas de Dios, que nos ama y nos ilumina en las noches más oscuras y en los momentos más dolorosos de nuestra vida. Hoy, más que nunca, elevamos nuestro clamor al cielo, implorando un nuevo renacer del corazón y de la fe.

 Ayúdanos, Madre, a sembrar en nosotros la Palabra del Señor, a custodiarla con amor y a proclamarla con valentía, para que Cristo, tu Hijo, sea conocido, amado y servido en nuestros hermanos y hermanas.

Amén.

 —Oh María sin pecado concebida— Rogad por nosotros que recurrimos a vos.



Oración para todos los días

Padre misericordioso, que en tu inmenso amor nos has dado el signo admirable de la maternidad divina de María, por quien nos llegó Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Te pedimos que, de la mano de Ella, caminemos por este mundo sembrando semillas de justicia y de paz, construyendo juntos espacios donde se haga visible tu Reino en medio de nuestros hermanos y hermanas que más sufren. Padre amoroso, llenos de una esperanza renovada que María nos inspira, nos presentamos ante ti con el corazón sediento y necesitado de tu Palabra. Al meditarla cada día en esta novena, concédenos la gracia de abrirnos al don de la conversión, para que, siendo verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, podamos anunciar con gozo la Medalla Milagrosa como un signo profético de tu amor y de tu misericordia para nuestro tiempo.



 


 

 

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