El desgobierno es la ventana rota de los magdalenenses

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

En 1969 el profesor Zimbardo de la Universidad de Stanford llevó a cabo un experimento en el que dos carros fueron dejados en vecindarios con características socio-económicas opuestas. Uno en el Bronx en Nueva York, un vecindario peligroso, y el otro en un buen vecindario en Palo Alto, California.

Como era de esperarse, el carro del Bronx fue desvalijado en horas, mientras que al carro de Palo Alto no le sucedió nada durante una semana. Entonces, le quebraron una ventana al carro de Palo Alto, y para sorpresa de todos, el carro corrió con la misma suerte que el del Bronx.

Posteriormente, este experimento fue retomado por los criminólogos Wilson y Kelling, quienes llegaron a la conclusión de que la suciedad, el desorden y el abandono, desencadenan conductas criminales; esta es la Teoría de las Ventanas Rotas.

Desde entonces, muchas ciudades alrededor del mundo han aplicado esta teoría con resultados sorprendentes en la reducción de la criminalidad.

El Magdalena y Santa Marta, recientemente han evidenciado un alarmante aumento en los índices de criminalidad, y aunque más se está rascando la cabeza buscando explicaciones, la respuesta es sencilla: El Magdalena y Santa Marta tienen las ventanas rotas por cuenta del desgobierno.

El desgobierno se refleja en suciedad, abandono, caos, y la percepción pública de que ni el gobernador ni el alcalde saben lo que están haciendo ni para donde van. Es sabido que las ratas infestan las casas donde hay suciedad y mejor si están abandonadas, y esto es lo que está viviendo el Magdalena.

El compás de espera y la paciencia con los gobernantes se agotan cuando las ventanas rotas del desgobierno tienen efectos nocivos en la convivencia ciudadana, especialmente en seguridad.

La fuerte correlación entre criminalidad y desgobierno está más que probada estadísticamente, y en el caso del Magdalena y Santa Marta, la abrumadora evidencia del aumento de la criminalidad prueba que el desgobierno es real y sin duda el directo responsable de lo que se está viviendo.

En general el ejercicio es sencillo. Si queremos saber que ciudades o departamentos sufren desgobierno, miremos los índices de criminalidad.

Si las cosas no cambian prontamente, Santa Marta acumularía dos pésimas administraciones de forma consecutiva, con efectos devastadores para la comunidad. Personalmente, estoy comenzando a creer que Caicedo es de esos astros que brilló con luz ajena, y que de lo logrado en la Universidad del Magdalena poco se le debe a él.

Soy muy crítico de Caicedo porque de él se esperaba mucho más. Además, la experiencia me ha enseñado a reconocer cuando se está frente a un verdadero líder con la capacidad para darle vuelco a situaciones muy difíciles, y tristemente debo decir que Caicedo no es uno de ellos.

La pregunta del millón es si los magdalenenses seremos espectadores indiferentes mientras dos mandatarios ineptos nos conducen al despeñadero, o si esta vez la sociedad se va a hacer sentir y va a exigir acciones concretas para poner punto final a este lesivo desgobierno.

La sociedad y el ciudadano no pueden ser indiferentes ante la gravedad de lo que está sucediendo en Santa Marta y el Magdalena; y si es necesario que el gobierno central intervenga, bienvenida sea la intervención, siempre que no sea otro show mediático lleno de grandes anuncios y nada más.

Si va a haber interdicción del gobierno central, ojalá se de pronto. El descontento y temor generalizado han dado lugar a que un grupo numerosísimo y creciente de samarios y magdalenenses estén pidiendo a gritos este tipo de salida. Entre otras cosas porque los problemas no dan más espera, y los tiempos requeridos para una revocatoria de mandatos toma demasiado tiempo.

No me trago el cuento de que para solucionar el problema de la desbordada criminalidad lo que hace falta es más plata y que por esto es necesaria la ‘tasa mello’. Jamás se ha escuchado que la abundancia de recursos transforme milagrosamente a los administradores incompetentes en competentes. Todo lo contrario.

No estamos mayormente frente a un problema de recursos sino de capacidad administrativa, y es en lo segundo donde tenemos que aplicar los correctivos si queremos que vuelvan los buenos tiempos.