El DMG de los ricos

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Había una vez un gallo que llegó a creer que era el amo del Sol simplemente porque su cantar precedía la salía del Sol. Debido a su férrea convicción, pudo convencer a los otros animales de sus superpoderes.

Ni que decir que el plumífero ascendió rápidamente en el reino, hasta llegar a convertirse en la mano derecha del rey león.

Por cuenta de sus poderes, el hermoso plumífero se volvió arrogante y pomposo, y aunque en otras circunstancias no hubiera sido más que un delicioso bocado para cualquier animal carnívoro que estuviera más arriba en la cadena alimenticia, era temido gracias a la protección del león.

Un día apareció por el reino un viejo zorro, que además de sabido tenía muchas fábulas de experiencia. Estaba hambreado, y al ver al gallo se relamió de gusto y se prometió a si mismo que en menos de una semana estaría desayunándose al gallo.

La ocasión se presentó en la siguiente reunión de todo el reino. Una vez presenciado el prodigio, y comenzada la sesión, el zorro pidió la palabra, y sabiendo que el gallo tenía demasiado amor propio, dijo en voz alta, que no era verdad que el canto del gallo despertara al sol.

El gallo ofendidísimo y no queriendo quedar mal ante el reino, cayó en la trampa, y le apostó al zorro, que si él no cantaba y el sol de todos modos salía, entonces podía comérselo de desayuno, pero que si no salía, entonces el zorro se iría para siempre del reino. Trato hecho, dijo el astuto zorro.

Al día siguiente, todo el reino se congregó, el gallo no cantó, el sol salió, y el zorro al gallo capón engulló.

En fin, se necesita una fábula para entender otra fábula. En el mercado bursátil, hay individuos y compañías, que como el gallo, llegan a convencerse a si mismos de que tienen el toque de Midas y que nada les puede salir mal.

Creen que porque les fue bien cuando hasta a un idiota le hubiera ido bien, tienen herramientas y conocimiento que les permite hacer inversiones muy gananciosas a prueba de tontos. Su ambición crece, y consecuentemente sus apuestas son cada día más voluminosas y riesgosas… hasta que todo sale mal. Pasan de ser comisionistas a jugadores al mejor estilo de la novela El Jugador de Dostoievski., y de ahí el sabido final novelesco.

No digo que sea el caso de Interbolsa, pero la realidad es que en muchas ocasiones, lo que podría ser un oficio honorable, termina siendo un juego de azar, ya que a la incertidumbre natural de los mercados bursátiles se le suma la irracional exuberancia de unos pocos.

Los mercados bursátiles son raramente predecibles, o no con la certeza que se quisiera. Si hubiera certeza, pues simplemente no habría la posibilidad de grandes ganancias. Los análisis de los analistas financieros, cubren datos históricos, y en finanzas se dice, que el pasado no es garantía del futuro. En muchos casos, el superpoder de los comisionistas de bolsa para escoger acciones ganadoras, no es mejor que un cara y sello.

Cuando llega el totazo, se lleva a mucha gente por delante. Las principales victimas son los inversionistas, que muchas veces comprometen todo su patrimonio y lo encomiendan a los súper poderes del comisionista.

Cuando no es hampón, en presencia de la debacle, el comisionista no da crédito a lo sucedido, y no entiende porqué fallaron sus proyecciones, conocimientos y modelos financieros. El toque de Midas se convierte en el toque de Medas…pal bus que perdí toda la bolsa en la Bolsa.

La historia de Intebolsa, es la verdadera historia del gallo capón. Que no importa cuantas veces la hayamos escuchado en todos los idiomas, versiones, geografías y distintas épocas, vuelve a repetirse.

Nunca faltará el gallo arrogante ni el sequito de crédulos seguidores dispuestos a creer en pajaritas preñadas. Por el lado positivo, no es que el dinero haya desaparecido del planeta como por arte de magia, solo cambió de manos.

En el mercado bursátil, como en muchas otras cosas de la vida, la pérdida de unos es la ganancia de otros. ¿Será que de esta si aprenderemos?