Pedagogía del dolor

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

El doctor inició su ronda del día. Se acercó a la sala que decía "desahuciados", y abriendo la puerta entró.

Había dos pacientes. Uno, llevaba en estado de coma un mes, y estaba pronto a ser desconectado, si su esposa optaba por esta opción; a su lado estaba el otro paciente, que aquejado por un mal extremadamente doloroso, había decidido quitarse la vida, ya que no soportaba más el agónico dolor.

Afuera en la sala de espera, la esposa del paciente en coma, lloraba desconsoladamente, abrazando a su pequeña hija de tres años. Ambas amaban entrañablemente a ese ser que ahora yacía sin aparente vida en una cama.

La fiel esposa oraba en silencio y le pedía al Señor que la iluminara sobre que hacer. Sumida en su dolor, no vio cuando el doctor que había pasado frente a ella momentos antes, se le acercó. Levantó la vista, y notó que la bata del doctor era blanca resplandeciente, y que Él no tenía la apariencia de otros doctores.

El doctor le preguntó si era católica, a lo que ella respondió que si. Acto seguido le pregunto si ella creía que Dios era el único dueño de la vida, a lo que ella respondió nuevamente si. ¿Entonces por qué dudas? Es que los médicos me dicen que mi esposo ya está muerto y que clínicamente no hay nada más que hacer.

Sabes, le dijo el doctor, cuando los seres humanos mueren, la mayoría de los que se salvan van a un sitio llamado Purgatorio. A veces, nuestro Padre permite que ciertas personas se purifiquen con su sufrimiento aquí en la tierra. No lo sabía, contestó.

Cuando los desconectamos, simplemente alargamos su tiempo en el Purgatorio, y créeme que es mejor purificarse acá que allá. Sabes, le dijo el doctor, si Dios es el dueño de la vida, no nos compete a los hombres tomar decisiones sobre la vida de otros.

La esposa creyó despertar de un sopor, y miró a todos lados y no vio al doctor con el que hace un momento había conversado. Sin embargo era consciente de que sus oraciones habían sido escuchadas y Dios le había respondido su pregunta.

Ya en la sala, el mismo doctor, se le acercó al paciente que sufría tan intensamente. Su enfermedad degenerativa, lo había hecho una persona infeliz y atea. Solo quería acabar con el dolor. No tenía una sola razón para vivir, pero si muchas para morir. En una hora más, daría inicio al veneno que vía intravenosa le quitaría la vida.

Aquí estoy amado hijo, aquí estoy. Dijo el doctor, pero el enfermo no lo veía ni escuchaba. Te amo, toma mi mano y sígueme. Sabes, ese dolor es mi voz que te llama, mi mano que quiere ser misericordiosa y se extiende sin que tú te atrevas a tomarla. Ese dolor que te atormenta, todo el sufrimiento que has padecido, es para tu purificación y la de otros, si solo me abrieras tu puerta.

Si solo pudieras amarme sobre todas las cosas, entenderías la importancia de tu dolor, y no lo rechazarías como hoy lo haces. Lo unirías al mío.

Róbate el Cielo como el ladrón bueno. Por favor no te quites la vida porque entonces estarás lejos de Mí en la eternidad, y no podré hacer nada por ti.

La hora pasó, y el paciente dio inicio al veneno que lo mataba gota a gota. Hijo mío, te amo, quiero que sepas que también di mi vida por ti. Todavía no es tarde, ábreme tu corazón. Al poco tiempo, el monitor cardíaco mostró que el enfermo había emprendido el viaje, y que ya no había nada que hacer.

El Pastor perdió otra de sus ovejas extraviadas, y lloró como lo hiciera por su amigo Lázaro. Dos historias, dos finales, separadas por la fe.

La lógica del mundo siempre razonará ante el dolor como Simón Pedro momentos antes de ser reprendido por su Maestro con duras palabras: Apártate de mi Satanás.

Las leyes de los hombres no deberían inducirnos a error, si logramos entender que el rey de la mentira solo está haciendo su trabajo. Nos corresponde a los católicos, hacer el nuestro, que es no caer en la trampa.

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