Veo con extrañeza que uno de los primeros debates que haya suscitado el presidente electo no sea sobre cómo piensa recuperar la economía, enfrentar la inseguridad o reconstruir la confianza de un país que lleva años dividido. No. Hemos preferido detenernos a contar sus pasaportes. Tres, dicen unos.
Como si el patriotismo pudiera medirse por el número de ciudadanías que aparecen en un documento. Confieso que esa discusión me produce más preguntas que respuestas.
Quizá porque, como muchos colombianos, he aprendido que el mundo cambió mucho más rápido que nuestra manera de entenderlo. Tengo familia viviendo entre Colombia, Estado Unidos y Europa. He visto a miles de compatriotas construir una vida lejos de su tierra sin dejar de enviar recursos a sus padres, invertir en su ciudad o emocionarse cada vez que escuchan el himno nacional. Algunos adquirieron otra nacionalidad. Ninguno dejó de ser colombiano. Por eso me cuesta aceptar que el debate se reduzca a un pasaporte.
La Constitución fue mucho más inteligente que nosotros. Cuando definió quién podía ser Presidente de la República no preguntó cuántas nacionalidades tenía un ciudadano. Preguntó algo mucho más importante: si era colombiano por nacimiento. Allí fijó el límite. Allí protegió la soberanía. Lo demás pertenece a la vida personal y a la evolución de un mundo donde las fronteras jurídicas ya no siempre coinciden con las fronteras de la experiencia.
El caso del canciller Luis Gilberto Murillo demuestra justamente que cada cargo tiene reglas distintas. Su decisión de renunciar a la ciudadanía estadounidense respondió a las particularidades del servicio exterior y a la naturaleza de la representación diplomática del Estado. No fue una condena a la doble nacionalidad, ni mucho menos una declaración de desconfianza hacia quienes han construido una vida entre dos países. Entonces, ¿qué es lo que realmente estamos discutiendo?
Porque si de verdad creemos que un pasaporte extranjero disminuye el amor por Colombia, tendríamos que decirles lo mismo a millones de compatriotas que hoy viven en España, Estados Unidos, Italia, Canadá o Australia y que, desde allá, sostienen familias enteras, crean empresas, promueven nuestra cultura y mantienen vivo un vínculo que ninguna oficina de migración puede borrar.
La soberanía no se pierde cuando un colombiano adquiere otra nacionalidad. La soberanía se debilita cuando un gobernante toma decisiones contrarias al interés nacional. Son cosas muy distintas.
Vivimos en un tiempo donde los grandes desafíos ya no se resuelven dentro de una sola frontera. La seguridad, el comercio, la inteligencia artificial, las migraciones, el cambio climático y hasta el turismo dependen cada vez más de nuestra capacidad para relacionarnos con el mundo. En ese escenario, conocer otros sistemas políticos, otras culturas y otras formas de negociar puede convertirse en una ventaja para Colombia.
No propongo que el número de pasaportes sea una credencial de buen gobierno. Sería tan equivocado como convertirlo en una descalificación automática. Los buenos presidentes no se distinguen por el lugar donde nacieron sus hijos o por las ciudadanías que poseen. Se distinguen por la calidad de sus decisiones.
Tal vez el verdadero debate no sea cuántas nacionalidades tiene el presidente electo. La pregunta correcta es si será capaz de poner toda esa experiencia internacional al servicio exclusivo de Colombia.
Porque una cosa es tener varios pasaportes. Otra, muy distinta, es tener una sola prioridad.
Ajá, Leo, ¿y hoy qué?
Hoy dejemos de contar nacionalidades y empecemos a exigir resultados. El mundo ya no premia a los países que levantan murallas; premia a los que saben abrir puertas sin renunciar a sus principios. La patria no se hace más pequeña porque sus hijos conozcan el mundo. Se hace más grande cuando son capaces de traer ese mundo de regreso para ponerlo al servicio de Colombia.