Faltan menos de dos semanas para la segunda vuelta presidencial del 21 de junio y, a estas alturas, ya no deberíamos estar discutiendo si votar o no votar, sino cómo votar con seriedad. La primera vuelta dejó un país partido en dos grandes rutas: Abelardo De la Espriella, que llegó con casi el 44%, e Iván Cepeda, con algo menos del 41%. La diferencia fue estrecha, la participación rondó el 58% y eso significa una sola cosa: todavía hay espacio para que la ciudadanía incline la balanza. Nada está escrito. Pero tampoco hay derecho a fingir que no entendemos lo que está en juego.
Lo digo porque vuelvo a oír, como en otras elecciones, la tentación del voto en blanco, esa especie de refugio moral desde el cual algunos creen que pueden lavarse las manos sin manchárselas con la realidad. Pero en segunda vuelta el voto en blanco no tiene efectos jurídicos: no repite la elección, no cambia los candidatos, no corrige el rumbo por arte de magia. La propia Registraduría lo explicó con claridad: si el voto en blanco gana, de todos modos, resultan elegidos quienes obtengan la mayor cantidad de votos. Es decir, en esta etapa, el voto en blanco sirve para expresar disgusto, sí, pero no para producir una salida distinta.
Colombia llega a esta segunda vuelta cansada, desconfiada, con miedo en materia de seguridad, con inquietud económica y con una sensación muy extendida de que el país ha perdido demasiado tiempo en improvisaciones, escándalos y peleas estériles.
En ese contexto, Iván Cepeda ha intentado moderar su discurso para conquistar al centro. Dio un paso atrás frente a la idea de una constituyente y dijo que buscaría reformas por consenso. El movimiento no es menor, y demuestra que él mismo sabe que una parte importante del país mira con prevención cualquier proyecto que pueda tensionar los contrapesos institucionales. Pero también deja ver algo más: que esta segunda vuelta ya no se gana solo con identidad ideológica, sino con la capacidad de transmitir confianza a los sectores que temen la continuidad del experimento actual.
Del otro lado, Abelardo De la Espriella ha mantenido su apuesta por autoridad, orden, seguridad fuerte y una relación más pro empresa. Su desempeño en primera vuelta fue recibido positivamente por los mercados, y buena parte de su crecimiento se explica porque logró conectar con un país que siente que el Estado se fue quedando sin dientes. Eso no significa que no deba exigírsele mesura, equipo y respeto por la institucionalidad. Pero sí significa que encarna con más claridad la idea de un giro frente a lo que venimos viviendo.
A mí me parece que ahí está la decisión real. No entre el cielo y la tierra. No entre la perfección y el desastre. Sino entre continuidad y corrección. Y cuando un país llega al punto en que la continuidad genera más temor que esperanza, lo honesto es decirlo. Si alguien siente que este gobierno dejó más incertidumbre que tranquilidad, más ruido que resultados y más desgaste que confianza, entonces no puede refugiarse en la neutralidad cómoda. Tiene que escoger.
Colombia es el país del sagrado corazón de Jesús, Colombia ya no tiene miedo. Ya sabemos que la solución al “estallido social” no fue un gobierno de izquierda. Esa amenaza ya no nos conmueve. Creo que como nunca todos queremos llevar los colores de nuestra bandera y ser un soldado más y defender a nuestra Patria.
Ajá, Leo, ¿y hoy qué?
Hoy, dejar de romantizar el voto inútil. Hoy, entender que en segunda vuelta no elegir también es elegir. Y hoy, votar con la serenidad de quien sabe que el país no necesita más espectadores, sino ciudadanos dispuestos a corregir el rumbo.