He creído siempre que la economía de verdad no está en los libros; está en la nevera que cada vez se llena menos, en el hachazo del recibo de la luz, en lo caro que están el arroz y los huevos, o en el dolor de cabeza de ver la tarjeta de crédito hasta el cuello.
Se siente en el joven que sale a buscar trabajo y nada que le sale, en el campesino que se rompe el lomo sembrando, pero no tiene una trocha decente para sacar su cosecha, en el microempresario que frena el negocio por miedo a lo que viene, y en un Gobierno que promete el cielo y la tierra, pero a la hora de la verdad se queda muy corto.
No veo en Colombia simplemente un país con problemas económicos. Lo veo como un paciente que no ha aprendido a leer sus propios signos vitales y muestra síntomas contradictorios: crece, pero no se transforma; consume, pero no produce lo suficiente; promete derechos, pero no crea la riqueza necesaria para pagarlos; le sobran recursos naturales, pero le falta productividad; tiene Estado, pero sin capacidad de llegar a las regiones; tiene mercado, pero le falta confianza; tiene un territorio hermoso, pero cojo de institucionalidad y turismo.
En primer lugar, el Dane puede mostrar números en verde y, aun así, seguir atrapados en una economía de rebusque, baja productividad, desigualdad regional y dependencia de lo que la gente gaste diariamente. Puede moverse el comercio, activarse los servicios y aumentar el gasto del gobierno, pero si no arrancan con fuerza el campo, la industria, la innovación, las vías, la ciencia, la investigación y la inversión, solo maquillamos el problema. Nuestro gran error ha sido ese: confundir el movimiento de la plata con una transformación del país.
Segundo, la inflación está ahí para recordarnos que a la economía no le importan los discursos políticos. En abril de 2026, la inflación anual se ubicó en el 5,68 %, todavía por encima de la meta del Banco de la República. El Dane dejó claro que lo que más golpeó el bolsillo fueron los alimentos, las bebidas, el arriendo, el agua, la luz y el gas.
Esto demuestra algo básico: cuando los precios suben, no se altera una estadística del ministro de hacienda; se golpea la dignidad diaria de millones de hogares. La inflación no nos pega a todos por igual. Les da un golpe bajo a los que menos tienen, a esos que gastan casi todo lo que ganan en lo mínimo para sobrevivir: comer, viajar en bus, pagar servicios y arriendo. Tal vez les pegue un periodicazo a los ma ricos.
La inflación es un ladrón silencioso. No necesita meterse a la casa a quitarle el dinero a nadie; simplemente hace que el billete rinda menos. En un país donde tantos hogares viven al diario, donde ahorrar es un lujo de pocos y la informalidad deja a la gente desprotegida, se convierte en el impuesto más injusto. Cualquier proyecto político que prometa justicia social pero no controle el costo de vida, falla en lo más sagrado: proteger el plato de comida de los más vulnerables.
Por último, el empleo es la variable más humana de la economía. El DANE reportó que en marzo de 2026 la tasa de desempleo bajó al 8,8 %, una mejora frente al 9,6 % del año anterior. Ese logro también hay que reconocerlo y celebrarlo, claro que sí.
Pero Colombia no puede conformarse. Tenemos que hablar de la calidad de ese trabajo. El problema de fondo no es solo cuántas personas están ocupadas, sino en qué condiciones se ganan la vida, cuánto les pagan, si pueden cotizar a pensión y salud, si tienen estabilidad para dormir tranquilos o si su esfuerzo genera el valor necesario para que el país progrese. Al final, el empleo no es un dato de desempleo que baja; es la tranquilidad de una familia que sabe que mañana tendrá sustento digno.