11 am, puerta de llegadas internacionales en un aeropuerto de Colombia. Los familiares esperan expectantes a sus allegados, amigos y demás. La entrada parece organizada como un corredor de honor, para recibir como se merecen a los visitantes y darle la buena nueva a quienes regresan a su país.
Pero de la nada sale un pequeño perrito, corriendo como una ratica desesperada, atravesando el corredor humano. De pronto una voz femenina, entre lágrimas, lo recibe. Se abrazan como el amor más pegajoso y carameloso que he visto. En breve aparece su hermana. Se saludan señalándose la nueva nariz hecha por el mejor doctor, una nariz que costó una fortuna.
La escena podría parecer banal, incluso tierna, si no fuera porque resume perfectamente uno de los negocios más exitosos del país: Colombia ya no exporta solamente café, flores o petróleo; exporta cuerpos rehechos.
Casi quinientas mil cirugías estéticas en un solo año. Cerca del 35 % de los pacientes vienen del extranjero. Medellín, Cali, Bogotá y Cartagena funcionan como vitrinas quirúrgicas del continente. Aquí aterrizan turistas buscando una cintura nueva, una nariz europea, una cintura imposible o un trasero diseñado por computador. Llegan con dólares y regresan con un cuerpo ensamblado en cuotas.
El bisturí se convirtió en una especie de industria nacional paralela. Hay clínicas, hoteles, conductores, enfermeras, Airbnb postoperatorios, paquetes “todo incluido” y hasta rutas turísticas para recuperarse mientras cicatriza la vanidad. El país encontró una manera muy eficiente de monetizar la inseguridad. Y lo más inquietante es que esa estética no nació de la nada. Tiene genealogía. Tiene historia. Tiene patrón cultural.
La “chica plástica” latinoamericana no es solamente una tendencia estética: es la hija legítima de la estética narco. Esa idea de que el cuerpo debe exhibir éxito económico del mismo modo en que antes se exhibían cadenas de oro, camionetas blindadas o zoológicos privados. El cuerpo ya no es cuerpo: es vitrina. Es trofeo. Es capital simbólico.
Senos enormes, cinturas imposibles, labios inflados, rostros completamente lisos a los treinta años. Mujeres distintas terminan pareciéndose entre sí como si hubieran sido renderizadas por el mismo diseñador digital. Una especie de clonación tropical del deseo masculino más básico y del algoritmo más superficial.
Y lo verdaderamente triste no es la cirugía. Cada quien hace con su cuerpo lo que quiera. Lo triste es la idea que subyace: que el cuerpo natural nunca es suficiente. Que siempre hay algo que corregir, adelgazar, levantar, perfilar o borrar. Que incluso la tristeza tiene que verse bonita en Instagram. Vivimos en una época extraña: nunca hubo tantos cuerpos “perfectos” y nunca tanta gente odiando su reflejo. Las redes sociales terminaron por consolidar el negocio. Hoy el cirujano plástico ocupa el lugar simbólico que antes tenían los sacerdotes: promete redención, transformación y una nueva vida. Solo que ahora el milagro ocurre bajo anestesia general.
Y mientras tanto, el mercado produce una mujer que realmente no existe. Una mujer fabricada para ser observada, deseada y consumida visualmente. Una caricatura hipersexualizada de lo femenino. Una ficción corporal sostenida por filtros, bisturís y créditos de libre inversión. Quizás por eso esos cuerpos empiezan a parecer inquietantes. No por feos, sino por artificialmente perfectos. Como muñecas exhibidas en vitrinas. Como esculturas de silicona incapaces de sudar, engordar o envejecer.
Llámenme anticuado o quizás romántico, pero encuentro profunda belleza en la mancha de la piel, en el brazo gordito, en el desorden del cabello enredado y crespo. La verdadera belleza auténtica radica en la naturaleza imperfecta de los cuerpos reales. Esos cuerpos armados tan perfectos me asustan. Esos cuerpos que si les pusiera una aguja se explotan.
Amo profundamente la asimetría perfecta. Encuentro toda la belleza allí: en los rostros y cuerpos reales.
Columna: opinión
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