Breviario de medio tiempo

Columnas de Opinión
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El otro día mi madre me recordó una palabra que usaba mi padre, como si yo debiera saberla. Debido a que no se la había escuchado jamás, a pesar de haber conversado bastante con él desde mi primera infancia, y al no poder preguntarle hoy nada, corrí al diccionario a imaginarme cómo habría utilizado mi papá tal vocablo, digamos, cuando tenía mi edad.

En efecto, el significado del término encajó perfectamente, en cuanto a su uso, con su personalidad, y un poco menos con la mía, pero eso no fue lo más claro. En realidad, lo que me regaló mi mamá con aquella información espontánea fue una lección adicional de un hombre que en vida me enseñó casi todo lo que sabía, aunque uno sea medio bruto y no aprenda rápido, y por eso agradecí hondamente a ambos, siempre en silencio. 

No hace mucho me acordé de un chiste venezolano que había visto en un programa de televisión de hace treinta años de ese país, y volví a reírme, hasta que sentí la punzada de los dos terremotos de los días pasados y ya no tuvo gracia. Sin embargo, inmediatamente surgió en mi mente la imagen sonriente de mi hermano mayor, con quien aprecié entonces dicha muestra de humor cáustico, y la ocurrencia en cuestión de pronto se convirtió en el mismo puente al pasado que permite volver a vivir lo esencial sin distracciones. El programa de televisión venezolano terminó hace muchos años, sus grabaciones no se encuentran en línea, y mi hermano tampoco está aquí para preguntarle si la escena que vimos era exactamente igual a como la reconstruí, de manera que asumiré que sí lo es. 

La memoria lo es todo. Sin ella, acaso los días carezcan del pegamento que los mantiene unidos en secuencia lógica, y entonces se constituyan en un mazacote informe que apenas alcance a ofrecer, a quien padezca ese tipo de olvido, unos retazos huérfanos de lo que en verdad ha experimentado. Cuesta pensar en algo más sombrío que perder los recuerdos, y además ser consciente de ello. No obstante, viéndolo bien, quizás tal infame amnesia sea equiparable en pesadumbre a eso de ser olvidado por quien no se quiere ser olvidado. En ese caso, supongo, a lo mejor convenga más lo primero: olvidar que se ha sido olvidado, solo para poder seguir viviendo. Ironías de la vida, al fin y al cabo. La memoria lo es todo y, sin embargo, no es gran cosa, pues lo determinante es el presente. 

En mi caso, debo decir que tengo una muy buena retención de hechos, lugares y personas, y que, por otra parte, he terminado por creer que eso bien podría ser cierta maldición encubierta, porque puede hacerse un muro para evitar someterse a vivir más y más intensamente. A veces, lo que sirve mejor a la existencia definitiva es no volver la mirada atrás en absoluto, y así prescindir por igual de buenas y malas remembranzas (ha de ayudar a viajar más ligero, como se comenta). En fin, diríase, sobre las últimas, que es una pena que no se haya podido reproducir en la actualidad el “aparato para olvidar los malos recuerdos”, de Melquíades, objeto y persona a los que se les ubica en la segunda mitad del siglo XIX. Y, respecto de las primeras, como son las memorias más peligrosas, dada su bondad, y, por lo tanto, su capacidad de producir evocación, no tengo nada que agregar. 

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

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