Una película

Columnas de Opinión
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Al fin vi la película colombiana Un poeta, de 2025, que ha recibido el reconocimiento de la crítica en Europa, así como el surgido de la entraña de otros públicos. ¿Justo, el reconocimiento? Parece que sí, si se juzga que este filme hecho a partir de materia básicamente nacional, aunque ello no sea tan evidente al principio, ha logrado resumir los anhelos y decepciones de amplios sectores de la llamada vida bohemia, al menos de la que se da silvestre en esta parte del planeta. No digo “vida literaria”, y lo hago así a propósito, más allá de que la narración referida tenga que ver con las predecibles iniquidades que el quehacer de presunto juntaletras trae consigo en nuestro contexto social. La literatura, es sabido, puede ser una “manera de vivir”, pero no necesariamente un “modo de vida”.

La cinta no se detiene en sutilezas. Echa sal a la herida abierta. Desnuda sus intenciones desde las primeras imágenes, acompañadas de diálogos miserables. Lo hace sin caer en la obviedad, que es el pecado capital de cualquier producto creativo, valga decir, cuan sancionable resulta ser el aburrimiento para los respetables espectadores, que siempre tienen mejores cosas que hacer para perder el tiempo. Y como nadie, absolutamente nadie, está en condiciones de admitir que quisiera poder perder un par de horas (siempre que ello le reporte alguna pequeña satisfacción), más le vale al cinematógrafo de turno proyectar ese grano de mostaza, la anécdota milimétrica, que no por serlo tendría que carecer de fuerza para ofrecer el vislumbramiento de la esquiva médula de la existencia.

Un poeta es una película desapegada, es decir, motivada en el sentimiento y nada sensiblera. La realidad es representada allí con la pausa taimada que no le es extraña a aquella, siempre mediando una como conciencia del efecto de la resuelta maquinaria oculta que no deja de mover los días, unos tras otros. Óscar Restrepo, el poeta, es un hombre desengañado desde hace rato, por eso su historia no es la de un novato en amarguras; es alguien con el hábito de intentar nadar en el lodazal que él mismo se ha creado a través de los años. Inmundicia que, pese a todo, falla en descorazonar al héroe, quizás no merced a uso legítimo del valor, sino por haberlo sorprendido sin corazón durante ya demasiados amaneceres. Restrepo persiste, no por valiente, sino por ignorar que debe rendirse.

Quien se haya sentado en su butaca a presenciar un sainete lastimero, suerte de desagravio tardío para con los literatos frustrados, se ha debido de encontrar con una cosa completamente distinta de la esperada. Sea como sea, el patetismo inspirado aquí por personajes que se notan familiares, y no por ello anticipables en su conducta, es acaso el mismo que puede nacer del absurdo en abstracto. Pues ningún parroquiano podría sentirse a salvo de que su experiencia vital sea, eventualmente, considerada tan ridícula como la de estos infantes grandes y violentos que juran tener la razón acerca de todo lo habido y por haber. El penetrante final refuerza la convicción no expresada del poeta, hombre perdido para los asuntos prácticos de la cotidianidad: la vida imita al arte y no al revés. Son conocidas las terribles consecuencias de esa imitación, que no perdona. No hace falta nombrarlas.
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

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