“Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable” (Cicerón)
Si el estallido social marcó una época aciaga socialmente para la sociedad colombiana, los ciudadanos han decidido apropiarse de las calles, los parques y los barrios, porque es imperativo observar que el país comienza a transformarse, habida cuenta que la sociedad avanza hacia niveles inimaginables y la resiliencia no se presume sino que se vive y cala hasta los huesos, al punto que el despertar señala un nuevo amanecer en donde la apatía ha quedado a un lado y la rendición es historia del pasado, el ahora es hoy y todos habrán de desenvainar y empuñar la espada de la reacción para mandar a los bandidos a que recojan sus bártulos, revisen sus alforjas y se larguen lo más lejos posible, en donde sus recuerdos los perturben, haciéndoles ver que han hecho tanto mal que ni siquiera merecen una segunda oportunidad.
En Colombia hemos aprendido a avanzar incluso en condiciones adversas, y que la acción y el empuje genera resultados tangibles, que cuando el ciudadano se involucra en la acción, el país responde, y es por ello que la sociedad entiende que no podemos plegarnos a tanto resentido social que como el karateca, ha destruido todo cuanto ha llegado a sus manos, volviendo estiércol hasta las ilusiones de muchos, pero afortunadamente y aplicando la Ley de Murphy, el ignorante gobernante ha pulverizado las instituciones del Estado, y aun aquellas que aparentemente funcionaban y requerían ajustes y correctivos han ido directamentepara el estanco, porque, como en el refranero popular, cuando uno no sabe para donde va, cualquier bus le sirve, además de haberse rodeado de unos timadores sociales que rasparon hasta el cucayo dejando la olla sin fondo.
Así que dejemos la apatía a un lado, metiéndonos de lleno en el asunto que nos atañe, que no es otro que sacar corriendo a todas esas cucarachas que han salido del mismo calabazo administrativo gubernamental y, como en fuente ovejuna, todos a una y con la certeza y guía espiritual del altísimo, darles sables y mandobles para que no vuelvan a asomarse por estas tierras y se larguen hacia los confines del mundo, pues ya es hora que la alcantarilla en que esas ratas convirtieron a Colombia retome su lugar y la decencia sea la regla y no la excepción, en el entendido que según el apoderado del payaso mayor, los decentes no son delincuentes.
Columna de Opinión
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