El mundo que cabe en el pie

Columnas de Opinión
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Dicen los futboleros mexicanos que el Gobierno de Claudia Sheinbaum no ha estado a la altura de las circunstancias mundialistas, más allá de la experiencia acumulada entre 1970, 1986 y hoy.

Teniendo como telón de fondo el malestar por los altos precios de las entradas a los estadios, que impiden al pueblo raso ir a ver los partidos, el reclamo se refuerza alrededor de ese aporte tan propio de los gobiernos de izquierda: ideologización concretada en incompetencia. Así, si, por un lado, al equipo nacional japonés le habilitan un lodazal para que entrene en Monterrey, con riesgo de alguna lesión para sus jugadores, por el otro la canción mexicana pagada con los impuestos para abrir el torneo universal, en lugar de enaltecer la ocasión, no fue más que activismo feminista del peor gusto. 

Como decía, la Fifa no se salva en este panorama que han pintado los socialbacanes mexicas del Gobierno para albergar un evento que supuestamente les incomoda no poco, por aquello del “patriarcado” del fútbol (?), pero que, en realidad, les sirve para reavivar su cantaleta divisoria. En efecto, el ente rector del balompié orbital se ha asegurado de que la gente de a pie no pueda ir ni a oír el ambiente exterior de las canchas de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey que son sedes del campeonato. Algunos dirán que así han sido todos los Mundiales, pero eso no es necesariamente cierto; hubo una época, no tan lejana, en la que los locales abonaban el importe de las boletas de ingreso sin que ello implicara tener que constituir una garantía para poder hacerlo. 

En aquel entonces, el álbum oficial del Mundial de turno se podía llenar sin necesidad de dejar de pagar el arriendo; la mayoría de los partidos, cuando no todos, cabía apreciarlos serenamente en la televisión abierta; y las camisetas originales de las selecciones nacionales, aunque menos publicitadas, todavía eran adquiribles por ahí. En fin, el fútbol de hace treinta años, menos “aspiracional” quizás, se encontraba silvestre en cualquier potrero, parqueadero desocupado, calle vacía o descampado urbano. Se jugaba mal, pero con inspiración. De acuerdo: esta no es una queja contra la FIFA, sino contra el sordo paso del tiempo. Como dirían los progres que cantan canciones santurronas, el negocio le ha ganado a la alegría de patear. Ese, pues, sería el verdadero antifútbol.

El afán excesivamente mercantil de un deporte global que solo necesita de una pelota barata (y, a veces, ni siquiera eso) y cuatro piedras medianas para practicarse en cualquier lado, ha dejado de estar circunscrito al profesionalismo. De alguna manera no entendible del todo, pero que es evidente, los jóvenes actuales parecen preferir concentrarse en la costosa impedimenta futbolera, en la pose de redes sociales, o ya en el contexto social de una experiencia deportiva, antes que en la simplicidad bienhechora de reunirse con amigos y desconocidos a intercambiar habilidades y bufas, a veces con pasiones drásticas, otras con mucha seriedad competitiva, y siempre con anhelo por tocar aquello que el fútbol permite ver a lo lejos. ¿Qué es eso? La esperanza de una mañana luminosa, la brisa en la cara, la hombría de bien que protege incluso al rival caído. Una sal de vida, ni más ni menos. 

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

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