Desde el automóvil experimental a vapor creado por Ferdinan Verbiest en 1672 hasta el coche autónomo creado por Carl Benz en 1886 usando el motor de combustión patentado por Étienne Lenoir, los automotores eran apenas devaneos tecnológicos, caprichos de los inventores y juguetes de millonarios; mucho tiempo transcurrió para sustituir gradualmente los coches a caballo por automóviles. No era fácil hacerlo, pues había que implementar toda la infraestructura relacionada con el automóvil: desarrollo de los motores, diseño de los vehículos, fábricas eficientes, concesionarios, llantas estandarizadas, carreteras, estaciones de servicio, talleres, etc., etc., etc.
Lo que se fabricaba a mano y a costos elevados cambió gracias a Henry Ford; la democratización del automóvil con el Modelo T abarató muchísimo los costos de producción, aceleró el desarrollo y cambió el mundo para siempre. Ya no era el lujo que pocos se permitían; era una revolución que trajo muchísimos beneficios sociales, económicos y tecnológicos, pero también problemas a la par: dependencia del automóvil, cambios en los territorios, congestión urbana, accidentalidad y mortalidad vial, y, muy preocupante, la contaminación ambiental. Los motores térmicos, refrentes en la industria, han evolucionado gracias a las mejoras como la inyección y la gestión electrónica, nuevos materiales, número y diseño de las válvulas, catalizadores, turbos y la aerodinámica.
Un punto crítico es la eficiencia de los motores: es la energía usada del combustible convertida en movimiento útil. Los primeros motores eran poco eficientes; cerca de un 10% inicial hasta casi un 50% en los últimos desarrollos anunciados; el cambio del carburador por la inyección electrónica, las mejorías en materiales, refrigeración y lubricación llevan la eficiencia a un 20%; el motor Diesel, que comenzó con un 15%, ha llegado a niveles increíbles, alcanzando casi un 6%, gracias al turbo, al common rail, la gestión electrónica y el uso de materiales más avanzados. ¿Es la solución final? Tampoco: las restricciones ambientales por normas como la Euro 6D y la próxima Euro 7 son demasiado exigentes, y el uso creciente de los vehículos eléctricos obstaculizan su uso generalizado. Además, el “dieselgate”, ese escándalo relacionado con la manipulación del software de control de emisiones provocó una regulación más severa, vigilancia más estricta y, obviamente, un desinterés de los compradores y el consecuente desplome en las ventas. Adicionalmente, se elevaron los costos de producción y la demanda es poca.
Los autos eléctricos ofrecen mínimas emisiones, menor mantenimiento, rendimiento urbano, incentivos fiscales y acceso a zonas restringidas (ZBE, zonas de bajas emisiones). Pero los coches eléctricos tampoco han sido la respuesta esperada. Su eficiencia energética alcanza más del 90% en los modelos más avanzados; nuevas baterías, electrónica avanzada, IA y otros desarrollos harían del eléctrico el automóvil ideal. Además, bajo mantenimiento por disponer de muchas menos piezas móviles, un costo por kilómetro inferior a los térmicos, mínima contaminación auditiva y la ventaja de poder repostar en casa. Entre los principales problemas aparece la baja autonomía, una deficiente red de electrolineras, un largo tiempo de carga y, desde luego el valor de su adquisición que, viniendo en descenso, todavía es alto. El tema de las baterías es bastante crítico: su complejidad, el uso de materiales de difícil obtención, la degradación asimétrica y el elevado costro de reposición atentan contra la difusión del coche eléctrico; la demanda de minerales como litio, cobalto, níquel o grafito es mayor que su disponibilidad; la dispersión geográfica y las confrontaciones políticas afectan su adquisición; el impacto de la minería (contaminación hídrica o disposición de residuos) es fuente de contaminación a la par de sus equivalentes térmicos; la fabricación de baterías es, pues, contaminante y costosa, y tanto su duración como su degradación son cuestionadas. El reciclaje todavía está lejos de ser universal y barato. Si la duración calculada es cerca de ocho años, al final de esta década tendremos un panorama mucho más claro.
Por ahora, cada vehículo tiene su nicho y sus defensores y, al final, tendrán que coexistir.