“En una calle de Tamalameque dicen que sale una llorona loca, que sale por aquí, que sale por allá, con un tabaco prendido en la boca…”(Canción La Llorona loca – autor José Benito Barros Palomino)
La vergüenza y el desasosiego invade a los colombianos por cuanto día tras día se observa con preocupación que el país transita rumbo al despeñadero, el gobierno no da pie con bola y la incertidumbre se apodera de la gente sensata y desprovista de cualquier pasión política absurda, en el entendido que la gran carpa nacional deambula entre la ineptitud y la estupidez, adjetivos que pululan a nivel administrativo.
El gobierno del cambio y la abanderada zurda colombiana siguen enfrascados de manera irresponsable, irreflexiva y mezquina, en un atentado contra la institucionalidad, al punto que después de hundirse la reforma laboral, -aún incierta su aprobación-, contraatacó con una consulta popular como revancha ante el congreso, -también fallida-, apelando para ello a un famélico decretucho con el cual pretendía socavar la institucionalidad e intentar demostrar que por haber sido respaldado en las urnas por once millones de colombianos puede hacer lo que le viene en gana, olvidando, como en muchos casos, que otros veinte millones de colombianos sensatos le han dado la espalada.
Es triste observar cómo el gobierno, en cabeza de un frustrado caudillo con ínfulas de dictador, queriendo emular al hermano mayor de Napoleón Bonaparte, y creyéndose la reencarnación de Luis XIV, siente que “sobre sus dominios no se pone el sol” y que el Estado es él, habrase visto tamaña desfachatez e ignorancia histórica, y con base en esos absurdos pensamientos intenta pisotear la separación de poderes y quiere atropellar los postulados constitucionales y expone su perorata sobre una asamblea nacional constituyente, habida cuenta que está patinando entre lo estúpido y lo absurdo, y su cofradía de ineptos e ignorantes colaboradores le llevan la corriente, por cuanto y al parecer, nadie de su entorno más próximo lo contradice y aceptan como perritos falderos sus bravuconadas administrativas y habremos de verlo revolcarse en sus propias excretas, ya que no se puede descender tan bajo, a menos que haya un entrecruzamiento de cables cerebrales, pues de lo contrario no se entiende tanta contradicción.
En medio de esta turbulencia gubernamental el pueblo pensante y racional espera que se estabilicen las aguas y la sensatez se imponga frente a esas ínfulas de emperador existentes y se frene esa mitomanía de querer o pretender hacer lo que se le dé la gana, sin que nadie diga nada, ya que, según su obstinada percepción, el pueblo es él, y de esa manera se recrea esta estrafalaria dimensión política.
Para colmo de males y en medio de tanto desorden administrativo existente en la cúpula acéfala de dirección, ya no se sabe qué es lo bueno y la diferencia entre ello y lo malo, se sigue hablando de energías limpias, mientras las arcas y finanzas del Estado se menguan cada día más por la arrogancia de querer o creer convertirse en un líder regional que se puede enfrentar de tú a tú ante los más poderosos, sabiendo que no pasa de ser un payaso que ni él mismo sabe ni entiende las tonterías que escupe, convirtiéndose en el hazmerreír del pueblo cada vez que sale a interrumpir la tranquilidad de los hogares y familias colombianas con sus histriónicas e inentendibles alocuciones televisivas.
Tomemos como ejemplo las cifras de la salud desmentidas por la Contraloría, las falsedades sobre la baja de la mortalidad infantil, el trasladar la estatua de la Libertad hacia Cartagena, la despectiva, misógina y racista frase hacia las mujeres y los negros, una torre de babel administrativa que desdice mucho de su capacidad de gobernar. Amanecerá y veremos.