En Colombia, las palabras de un presidente se convierten en espejos del país que somos y retratos del poder que hemos padecido. Desde 1974, cuando Alfonso López Michelsen auguró que Colombia dejaría de ser el “Tíbet de Suramérica” para convertirse en el “Japón de Suramérica”, hasta la advertencia de Gustavo Petro sobre la “extinción de la vida”, ha transcurrido medio siglo de frases que pretenden condensar la visión de una nación, pero que muchas veces solo revelan sus frustraciones.
López Michelsen inauguró la era moderna de la democracia electoral con un eslogan: El Mandato Claro. Claridad que pronto se tornó difusa ante las crisis económicas y sociales. Su sucesor, Julio César Turbay Ayala, dejó para la historia una confesión involuntaria de la decadencia institucional: “Hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. ¿Cuál es la medida justa de la corrupción? Tal vez una como la que estamos viviendo en la que se vuelve paisaje.
Con Belisario Betancur, la política se recubrió de esperanza y poesía: “La paz no es una tregua entre dos guerras” dijo, mientras intentaba, en medio de tragedias como la toma del Palacio de Justicia, conducir a la nación por un camino de reconciliación. Virgilio Barco, en esa misma línea, recordó que “la violencia no puede ser el camino para resolver nuestras diferencias”, aunque pocos lo escucharon mientras crecía la sombra del paramilitarismo.
El liberalismo renovado de César Gaviria apostó por la modernización con una frase tan ambiciosa como vacía: “Bienvenidos al futuro”. Un futuro que terminó siendo más neoliberal que nacional, más excluyente que innovador. Ernesto Samper, acorralado por los escándalos desafió a la opinión pública con un grito de supervivencia política: “Aquí estoy y aquí me quedo”. El cinismo ya no se escondía.
Andrés Pastrana quiso recuperar la grandeza del poder como constructor de paz, pero lo hizo con ingenuidad: “No esperen de mí que construya una burocracia de la paz”. Su intento de diálogo con las FARC terminó en una silla vacía y en más guerra. Luego vendría Álvaro Uribe Vélez con su lapidaria “Mano firme, corazón grande”, una síntesis del autoritarismo con rostro amable que todavía polariza al país.
Juan Manuel Santos, heredero de Uribe y arquitecto del Acuerdo de Paz de 2016, insistió en que “la paz es el bien más preciado que puede tener una nación”. Pero el país no lo creyó del todo, y esto se vio reflejado en el plebiscito por la paz donde ganó el No. Iván Duque recurrió al eslogan de la banalidad: “El futuro es de todos”. Un futuro sin rumbo claro, mientras el presente se desgastaba en improvisaciones.
Y llegamos a la Colombia potencia de la vida de Gustavo Petro, con frases que fluctúan entre la reivindicación y el desencanto. “La paz es que alguien como yo pueda ser presidente o que alguien como Francia pueda ser vicepresidenta” marca un hito en la inclusión política. Pero también ha confesado: “Fallé al creer que podía hacer una revolución gobernando”, dejando entrever la distancia entre los sueños y los límites del poder. Su frase más reciente —“Ya no hay más tiempo, los gobiernos son incapaces de detener la extinción de la vida”— es un grito global, pero también una señal de agotamiento. O, la perla: a los tres meses de ser presidente se acaba el ELN.
Para concluir, estas frases son más que discursos: son el ADN político de una nación que oscila entre la esperanza y el desencanto. Desde el optimismo modernizador de López Michelsen hasta el eco apocalíptico de Petro, cada presidente ha tallado su visión en el mármol de la memoria colectiva. No son solo memorables: son marcas de época, instantáneas que condensan el alma de cada gobierno. Algunas fueron promesas rotas, otras defensas desesperadas, y unas pocas, vislumbres de grandeza. En ellas está escrito el país que hemos sido. Lo que falta por decir, sin embargo, resuena aún más fuerte. Porque en Colombia, hasta el silencio presidencial grita.