Petro: Lágrimas de un gobierno fracasado

Columnas de Opinión
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“No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre.” La legendaria frase de la sultana Aixa -mal citada por Petro-  a su hijo Boabdil al perder el reino de Granada parece escrita para él mismo, quien, entre lágrimas y discursos de mártir, reconoció el naufragio de su reforma laboral, y de hecho de toda su agenda de propuestas de reformas. Llora como agitador lo que no supo defender como líder.

Cualquier estratega político sabe que las reformas estructurales deben impulsarse al inicio del mandato, cuando aún hay capital político y margen para absorber el costo social antes de que lleguen los resultados. Petro, sin embargo, desperdició su “luna de miel” en peleas estériles, teorías conspirativas y discursos incendiarios. Ahora, con su gobierno desmoronándose, pretendió lograr lo imposible: aprobar reformas sin aliados, sin respaldo y sin tiempo. 

Pretender aprobar reformas de este calado a estas alturas del juego a como dé lugar y pasando por encima de quien sea, por ejemplo, sacándose de la manga el as de una consulta popular, no es un acto de audacia sino de desesperación. En 2025, con el país en modo electoral, nadie va a arriesgar su futuro político por un gobierno fallido. Nadie quiere cargar con la cruz del petrismo, y menos cuando su administración se ha convertido en sinónimo de caos, corrupción e improvisación. Sus reformas no le interesan a un Congreso que piensa en su reelección y que entiende que cualquier cosa que huela a Petro es un lastre político. Por si fuera poco, es improbable que su consulta popular cuente con el respaldo popular suficiente para salir avante; valga anotar, además, El futurque este no es un mecanismo idóneo para lo que Petro pretende.

El futuro inmediato del petrismo y de la izquierda y su plan de quedarse en la presidencia pareciera no tener posibilidades.  Los congresistas que aspiran a reelegirse o los que quieren ser elegidos, quieren apostarle al caballo ganador e irse con aquel candidato y proyecto político con opciones reales de llegar a la presidencia de la república.  Hoy no se avizora que ese caballo pueda salir del petrismo o de sus alter egos ideológicos.

El único culpable de este desastre es el propio Petro. Nunca estuvo preparado para gobernar y, en lugar de asumir responsabilidades, ha convertido la queja en su método de gobierno. No resuelve problemas, solo busca culpables: el pasado, la oposición, los empresarios, los medios, la oligarquía, el imperialismo, la “gente de bien”… todos menos él. ¿Para qué quiso ser presidente si no tenía ni la capacidad ni la voluntad de gobernar?

En lugar de liderazgo, Petro ofrece lágrimas. En lugar de estrategia, amenaza con marchas. Cree que la movilización popular puede reemplazar la gestión, que el ruido de la calle puede imponer reformas sin consensos. No entiende que gobernar no es gritar más fuerte, sino construir soluciones viables.

El desastre es tan grande que incluso la izquierda comienza a marcar distancia. Francia Márquez, su propia vicepresidenta, reconoce—aunque con tibieza—la corrupción desbordada y el fracaso de este gobierno. Su gestión ha sido irrelevante, pero al menos parece tener un mínimo de dignidad. Claro, no tanta como para renunciar a su salario y privilegios. Su intento de despegarse del petrismo es solo la señal más visible de un hundimiento inevitable.

Pero en este circo macondiano, cualquier cosa puede pasar. Lo único seguro es que Petro está solo, acorralado y sin más armas que la lamentación. Lo que comenzó mal difícilmente podía terminar bien. 

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com